Estoy ahí,
ya se que no
pero yo estoy ahí.
Sí el tipo de la radio me lo cuenta,
remonto en cada gol una cometa.
Ya se que no pero yo estoy ahí
(Tabaré Cardozo, El tipo de la Radio)

Cuando entré en la facultad, en la primera clase de Técnica Operativa, me hablaron de los locos de la azotea. De cómo, Samuel Yankelevich y sus trasnochados amigos, nos pusieron en el panorama mundial de la radiofonía mundial. Al ver las fotos de esa transmisión de Persifal, te podías dar cuenta que esa gente perseguía un sueño. Y esa noche lo habían alcanzado. Para mí, eso es la radio: perseguir los sueños y alcanzarlos. 

De chico, “Modart en la noche”, era la banda de sonido de mis idas y vueltas en el auto de mi padre hacia Cañuelas. Allá, en el campo, los partidos (que era lo que se podía oír), se escuchaban en la AM, porque las FM de Capital no llegaban (por ese límite de los 60kms de transmisión). Allí conocí a Víctor Hugo Morales y su relato. Me acuerdo la felicidad de descubrir que, el combinado que estaba en la vieja casa de mi “abuelastro”, funcionaba y -con él- la onda corta. Allí busqué encontrar esas transmisiones de ultramar, en idiomas desconocidos para mis pocos años. De esa misma casa (que tenía un negocio de artículos del hogar en la esquina), llegó mi primer radiograbador: un BGH Mono pero con radio FM, AM y Onda Corta. Allí escuché a Lalo y a La Vernaci haciendo “9PM”, allí escuché a Badía en “Piedra Libre”. Allí descubrí a la Reina de los silencios que, en esa época, era la Rock and Pop. La vi luego convertirse en la radio hablada con Lalo, Bobby, Mario, Ari. También descubrí, en ese aparato, al Maravilloso Tom Lupo, que me hizo viajar a mundos desconocidos. Y también al Loco de la Colina y al mejor de todos: Alejandro Dolina, con Castello, con Stronatti. Allí supe que la “noctambulad” era -increíblemente- más atractiva que la actividad diurna.

Más tarde, ya en los viajes a Ramallo con mi otro papá, descubrí a Mactas y a Hanglin y, con eso, a llorar de risa con el “Gato y el Zorro”. Y otra vez con Castello y Ulanovsky. A Larrea lo escuché y admiré una vez empezada la facultad: la capacidad de estar en todo de ese hombre es formidable. Y hablando de hombres formidables: Antonio Carrizo, tal vez el mejor entrevistador junto con el Negro Marthineitz. Acaso la mejor delantera de la historia periodística: Larrea, Carrizo, Marthineitz.     

La música es gran parte de mi vida, en eso me acompañó siempre la radio, sea a las 2 de la mañana con la “Heavy Rock and Pop”, con el Ruso Verea y Alejandro Naguy o a mitad de tarde con electrónica, en ese experimento hermoso que fue la Z95. O los valsesitos peruanos de “Milagritos López”, ese alter ego del gran Fernando Peña, en las tardecitas del fin de semana en Radio Nacional. Y de ahí a la risa, con todos y cada uno de los personajes de Fernando, Los lisérgicos diálogos de Douglas Vinci y Bobby en “Radio Bagkok”, El contrapunto de la Negra Venaci y Humberto Tortonese en “Tarde Negra”. La radio como liberador de endorfinas.

Después me llegó el periodismo y ese Lanata de “Hora 25” (antes de venderse al mejor postor), Mario Wainfeld (siempre y donde sea), Zlotowiazda, Romina Calderaro (una de las periodistas y que mejor repregunta) y Tenenembaum (Sí, ese Tenenbaum. No el de hoy). 

La década ganada, me encontró pegado al celular escuchando al enorme equipo que comandaba Maria Seoane en Radio Nacional. Pocos grupos tan disímiles y tan completos, podían trabajar para que, la programación, pareciera una continuidad virtuosa. 

Cuando la noche cayó sobre la Argentina, me enojé por primera vez con la radio. Primero puteá las defecciones, las agachadas. Después encaminé mi bronca hacia los verdaderos culpables: El Nazi de Hernán Lombardi y a ese cáncer nacional que es Clarín. Por primera vez, apagué la radio. Meses después, como alguien que no puede vivir sin ese estímulo y como acto de militancia, volví con desesperación buscando aquellos lugares de resistencia periodística o musical. La Radio MAK, una vez por semana no era suficiente, pero lograba calmar los ánimos y sacarme risas (y lo siguen haciendo). Me tuve que adaptar a las nuevas reglas y surgió La Patriada y Caput, Somos Radio y cada una de las emisoras por Internet, fueron esa compañía para sobrepasar el mal trago del macrismo. Llegó El Destape y pude encender de nuevo la 1050 y escuchar radio como me gusta: en la radio. Y allí disfrutar la profundidad de Ari Lijalad, recobrar lo onírico con Marcelo Figueras (que te transporta a ese mismo lugar que te llevaba Tom Lupo), admirar lo genial de Gerardo Delelisi y Pesky, verdaderos herederos de Discépolo, Catita y Peña y de los dos puntales que son los dos Robertos. Capítulo aparte para ese “Loco Abreu” que es Dady Brieva, ese que te define -un penal- haciéndola picar. Todo ese equipo es digno sucesor de esa Radio Nacional antedicha. 

La radio hoy es un espacio de libertad, de resistencia cultural, de dar y recibir amor. La radio nos unió en los momentos más lúgubres de nuestra generación que fueron los pasados cuatro años. La radio reemplazó a la televisión dentro del campo popular. La televisión nos abandonó cuando los medios públicos fueron copados por chetos ágrafos y crotos aspiracionales, pero la radio, chiquita, con poca potencia y por internet, siempre estuvo ahí para abrazarnos. Fue es y será nuestro espacio de resistencia.

Hoy la Radio Cumple 100 años, hay mucho que me perdí, hay mucho que escuché en la facultad y en cintas. Para muchos es un primer amor, para mí un amor esquivo. Mi lugar para con ella, es del lado de afuera del parlante, pero -siempre- admirador y seguidor de los que la hacen. Felicidades a todos los que la hicieron, los que la hacen y a los que la disfrutamos. 

Rodrigo Mas

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