Intentando recuperar el favor del voto, María Eugenia Vidal, lanzó su candidatura en la Ciudad de Buenos Aires, a puertas cerradas, en un local palermitano, para evitar las preguntas incómodas sobre la relación del PRO con el probado apoyo al Golpe de Estado en Bolivia en 2019. 

En un vano intento de disipar las evidentes heridas y recelos que no terminan en la interna del conglomerado conservador, Vidal inició su discurso con un “Acá estamos, juntos y unidos”. La derrotada ex gobernadora, intentó mostrar un espíritu competitivo después de la vergonzosa derrota sufrida en la búsqueda de la reelección (en la que fue superada por Axel Kicillof por más de 20 puntos), “Lo pensé mucho tiempo. Y no porque especulé. Quería estar segura que, después de 2019, había escuchado lo suficiente, que había aprendido”, sin explicar qué fue lo que aprendió, continuó en lo que puede ser tomado en tono de autocrítica: “Sentí pena cuando se dijo que detrás de mi candidatura había miedo”. Enseguida retoma el esquema psicópata clásico del PRO en culpar a otros de los problemas que generaron “Hay pesimismo y tristeza por el futuro. Desde hace un año y medio que vivimos en la incertidumbre y, solo, son idas y vueltas. Son falta de un plan. Son excesos del poder. Son políticos con privilegios. Son agresiones y soberbia. Son, en definitiva, más relatos que respuestas” olvidando que fue su propio discípulo, Esteban Bullrich, el que pregonaba que “debemos crear argentinos capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla”. 

Intentando retomar esa épica de globos y con el mismo contenido que estos, aseveró “La misma pasión y compromiso que le voy a poner a este lugar, si me eligen y a los que me toque ocupar. Porque no sé hacerlo de otra manera”. También en un nuevo acto de contorsionismo por explicar lo inexplicable, intentó justificar porqué, no es más “orgullosamente bonaerense”: “Estos años aprendí que, para cambiar el país, necesitamos ser más. Si somos los mismos, en los mismos lugares, no dejamos crecer a otros”. La decisión del larretismo de poner a Diego Santilli, un dirigente desconocido en el electorado bonaerense y que continúa tercero (y lejos) en las preferencias de los conservadores detrás de figuras menores como el médico Facundo Manes y el primo de Macri, Jorge, solo se entiende desde lo conocido en las últimas horas respecto a la participación de Macri y Bullrich (entre otros) en el apoyo del Golpe de Estado en Bolivia y, de la negativa de Vidal a ser nuevamente derrotada -en territorio provincial- por idénticos guarismos a los de 2019. 

Veinte días separan el cierre de listas en un espacio que no se muestra aún cerrado en las listas. La más que probable inclusión del operador económico Martín Tetaz, en el segundo lugar de la lista, muestra que, no solo no hubo renovación en la alianza conservadora, sino que tuvieron que “limpiar” el espacio, que se encontraba poblado de figuras (reconocidas al interior como “piantavotos”) como Patricia Bullrich, Fernando Iglesias, Luís Brandoni o El Dipy, por citar algunos de los más notorios y ruidosos representantes de la ultraderecha porteña.

La derecha porteña tiene que revalidar el 55% de los votos obtenidos en la pasada elección. La apuesta es a moderar un discurso que fue “increscendo” durante los dos pasados años y demostró, por las encuestas que manejan, que no rinde frutos. La apuesta es a que un voto no “politizado” los acompañe tras la derrota de 2019, apostando a figuras que no generan conflicto. Lamentablemente, el electorado independiente, tiene un recuerdo muy “vivido” de Vidal al frente de la gobernación. Por lo que se estima que los conservadores sigan “cazando en el zoológico” y confían evitar una sangría de los votos ultras, en manos de las opciones libertarias de Espert y Milei. En veinte días estará el listado. Solo resta esperar que no se desate una nueva interna, que acreciente una disputa por el control de la oposición.

Redacción

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