El 27 de Marzo de 1841,  Manuelita Rosas recibió la correspondencia. Le llamó -poderosamente- la atención un paquete enviado por la “Sociedad de Anticuarios del Norte”, con sede en Copenhague, Dinamarca. Se la llevó a Don Juan Manuel y la dejó sobre su escritorio. El Restaurador no le prestó demasiada atención a aquella misteriosa caja que desvelaba a su hija y allí quedó hasta el día siguiente. A la mañana siguiente, cuando la vio venir temprano, notó la particular ansiedad de su hija y le dijo: “Vea niña, usted tiene mucha curiosidad de ver esa caja. Llévela nomás y luego sabré lo que contiene”. Manuelita se llevó la caja a su habitación y, en compañía de su amiga Telésfora Sánchez, empezó a abrir el paquete. Primero se encontró con una bonita llave, luego con una caja forrada con un fino paño blanco. Cuando introdujo la llave y la hizo girar, la tapa se levantó bruscamente y se escuchó un ruido extraño. Optó por cerrarla y llevársela a su padre, que se la sacó de encima intuyendo lo malicioso de su contenido. Rosas -finalmente- levantó completamente la tapa y pudo ver su interior: había 16 pistolas distribuidas en forma circular, los gatillos estaban unidos por un alambre al mecanismo de apertura. El o la que abriera la caja recibiría una letal lluvia de plomo. Por suerte, para Don Juan Manuel y Manuelita, el mecanismo falló. 

El atentado se planeó en Montevideo por el ex federal fanático José Rivera Indarte. A comienzos de marzo, llegó a Montevideo la caja enviada por la Sociedad de Anticuarios, que fue recibida por el embajador de Portugal, Leonardo de Souza Acevedo Leite, amigo del Restaurador. Souza depositó la caja en el Ministerio de Relaciones Exteriores -en Montevideo- con una nota que indicaba que debía ser embarcada hacia Buenos Aires y entregada -en mano- a Rosas. Informado por empleados del Ministerio que simpatizaban con los unitarios, Rivera Indarte pudo hacerse con la caja y llevarla al taller de un tal Aubriot. Entre los dos idearon el mecanismo y cambiaron las medallas que la caja contenía originalmente por las pistolas. La caja volvió al Ministerio sin que nadie notase su ausencia y fue retirada por el edecán del almirante francés Dupotet, Monsieur Bazin, que la llevó a Buenos Aires y se la entregó a Manuelita.

Ella, años más tarde, le diría a Adolfo Saldías en una carta: “El almirante Dupotet, indignado de que se hubiesen valido de su edecán, Mr. Bazin, para llevar a cabo trama tan infame, despachó a éste esa misma mañana a Montevideo para tomar informaciones del señor Acevedo Leite. Este señor, tan ofendido como debía estarlo al conocer la explotación de la que había sido víctima, se vino sin demora a Buenos Aires con Mr. Bazin, para dar la debida satisfacción de su inocencia. 

Entre tanto la máquina se llevó a casa del señor Ministro Felipe Arana, donde estuvo expuesta al público.

 ¡Oh! ¡cuántas demostración de simpatía nos dedicaron en esos días, tanto nuestros compatriotas como los extranjeros! Jamás lo olvidaré”. 

Pablo Targhetta

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