Tras los cierres dispuestos el año pasado a raíz de la pandemia, 2021 trajo consigo un acelerado crecimiento en la demanda mundial que desencadenó una profunda escasez bienes de todo tipo, desnudando la incapacidad del capitalismo por abastecer debidamente todos los insumos necesarios para satisfacer en tiempo y forma, los requerimientos de la producción a nivel global. 

El Fondo Monetario Internacional (FMI) confirmó en su último informe sobre perspectivas económicas mundiales, que la economía global crecerá 5,9% promedio este año teniendo así mejor evolución en décadas, con casos de alza aún mayores, como Argentina para la que estima una mejora del 10% India 9,5% y China 9% anual.

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El mismo trabajo asegura que en 2022 la economía mundial trepará 4,9% menor crecimiento originado por las ya mencionadas “interrupciones en el suministro y un empeoramiento de la dinámica de la pandemia. Esto se compensa parcialmente – dice el FMI – con perspectivas más sólidas a corto plazo para algunas economías de mercados emergentes y en desarrollos exportadores de productos básicos. La amenaza de nuevas variantes aumentó la incertidumbre sobre la rapidez con la que se puede superar la pandemia y las decisiones políticas se han vuelto más difíciles, con un margen de maniobra limitado” reconoce el organismo multilateral de crédito.

Sin embargo, lo que a priori debería ser una excelente noticia se diluye, pues la mejora disparó un aumento en los costos de producción (excepto el salarial) que, producto de la escasez, derivó en fuerte alza de la inflación a nivel global.

La mayor inflación promueve mayor desigualdad y consagra un mundo que concentra y potencia los ingresos de los sectores económicos más poderosos, en detrimento del que perciben trabajadores, jubilados y pensionados, sectores sociales relegados y azotados no solo por la persistente pérdida del poder adquisitivo de sus salarios, sino también y especialmente, por un elevado desempleo, que pone un techo muy bajo a las demandas salariales en el mercado laboral.

La actual restricción que pesa sobre bienes de todo tipo, que el capitalismo desde su dogma explica sintetizando las carencias en función de 3 únicos factores: aumento en la demanda, retracción de la oferta o incremento en la acumulación de un determinado bien merece, sin embargo, un enfoque explicativo más amplio y multidireccional.

Por un lado, hay factores logísticos (aumento en la demanda portuaria, por ejemplo) que afectan a cadenas de valor que producen “just in time” buscando reducir sus costos de stock, lo que introduce un segundo factor de análisis, el referido al que genera el propio modelo económico hegemónico.

A ello, debemos sumar la falta de inversión de ciertas ramas de actividad productoras de bienes cuya rentabilidad se resintió y también un capítulo vinculado a las decisiones políticas que orientan y favorecen, o no, dichas inversiones y al grado de concentración económica que prevalece en cada país.

Resulta claro así que la escasez engendra inflación, y que combatirla, será el principal reto económico y geopolítico que afectará la evolución/crecimiento de la economía global durante 2022. 

Otro capítulo relevante de cara al año próximo deriva del aumento en el precio de la energía, que castiga por igual a consumidores finales y a productores de bienes y servicios, contribuyendo a consolidar un círculo vicioso inflacionario que el pensamiento económico mainstream, pretende resolver solo subiendo tasas de interés y eliminando o endureciendo, inútil y anticipadamente, los incentivos y políticas monetarias adoptados en 2020 para limitar los efectos negativos ocasionados por la pandemia y aún vigentes en muchos países.

El mayor riesgo que trae consigo la interrupción anticipada de tales incentivos es detener drásticamente el crecimiento de la economía global, lo cual no derrotará a la temida inflación, sino que, por el contrario, provocará un escenario de estanflación o sea la coexistencia de altas tasas de inflación y una aguda recesión.

Desde insumos tecnológicos como chips o microchips, pasando por envases (que demoraron durante el año pasado la distribución mundial de vacunas contra el COVID) materias primas básicas, energía, bienes intermedios o de consumo, padecieron y/o padecen escasez, profundizado además un fenómeno social sensible y preocupante: el desmesurado aumento en el precio de los alimentos.

Paralelamente, la recuperación en la dinámica del comercio internacional trajo consigo, fruto del aumento en la demanda portuaria, el encarecimiento del flete y de la logística interna, favoreciendo aún más el alza de la inflación.

Según INDEC “Desde fines de 2020 la evolución del costo del transporte internacional evidenció un aumento. En noviembre de 2021 con relación a igual mes del año anterior, el valor unitario del flete internacional (dólares/ toneladas) se incrementó 49,4%, pasando de un valor unitario de 74,9 dólares la tonelada, a 111,9 dólares por tonelada. Si se compara respecto a noviembre de 2019, el costo del flete internacional aumentó 50,4%, puesto que en ese mes el precio fue de 74,4 dólares la tonelada”.

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IDEC

“Las mayores tasas estuvieron asociadas con los orígenes China, Unión Europea, USMCA y Mercosur que en conjunto representaron el 68,2% del total del flete. El costo del flete de origen China aumentó 156,0% respecto a noviembre del año anterior y 137,5% respecto al mismo mes de 2019. En relación con las importaciones valorizadas FOB, en noviembre de este año, cada 100 dólares se pagaron 7,0 dólares de flete, mientras que en noviembre de 2020 el costo fue de 4,7 dólares; y, en igual mes de 2019, fue de 4,3 dólares” señala el informe de INDEC.

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Las exportaciones argentinas crecieron un 37% interanual durante noviembre de este año, siendo el noviembre más alto desde 2012, con un total de U$S 6164 millones, según consta en el Informe de Comercio Exterior que publica la Cancillería Argentina, a través de la Agencia Argentina de Inversiones y Comercio Internacional.

Según los datos de la AAICI, que recopila, sintetiza y analiza distintas informaciones, datos y categorías vinculadas con la exportación de bienes y servicios, el sector automotriz muestra el mejor desempeño exportador en los últimos 8 años y las Manufacturas de Origen Agropecuario (MOA) alcanzaron un monto récord entre todos los noviembres. También se resalta que Brasil fue el mayor destino de las exportaciones, acumulando un 19,6% del total.

Asimismo, durante 2021, todos los commodities han registrados importantes subas de precios, un hecho que Argentina celebra, pues le ha permitido obtener un nivel de superávit comercial que según datos oficiales totalizó 14.352 millones de pesos en lo que va del año, su mejor registro desde 2011, producto de exportaciones por valor de 71.320 millones de pesos e importaciones por 56.968 millones de pesos, durante el mismo período. 

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Para nuestro país ello es un problema y a la vez una excelente noticia. Problema, porque dispara la suba en el precio de los alimentos, consumo básico de los sectores socialmente más vulnerables y gran noticia porque permite al BCRA recibir dólares frescos que permiten compensar la siempre presente restricción externa.

Así queda planteado el enorme desafío de política económica que el gobierno nacional debe afrontar en el corto y mediano plazo: ¿cómo desacoplar los precios internacionales al alza, de aquellos que los argentinos debemos pagar por los alimentos en nuestro mercado interno?

La ortodoxia recomienda, tal su costumbre, enfriar la economía, bajar aranceles y dejar que la mano “invisible” del mercado, administre “sabiamente” los desequilibrios que se perciben en materia de comercio internacional y su impacto fronteras adentro.

Pero bien sabemos por experiencia propia, que la mano, si bien invisible no es neutral, y siempre tiende a “resolver las controversias” recurriendo a la defensa de los sectores más poderosos y concentrados de una economía y condenando a los consumidores a padecer sus consecuencias, mientras espera por el prometido derrame que nunca llega.

“La inflación es un tema emocional” señala el economista  Paul Krugman y agrega “Ningún otro tema sobre el que escriba genera tantos mensajes de odio. Y el debate sobre la inflación actual es en particular tenso porque las evaluaciones de la economía se han vuelto increíblemente partidistas y vivimos en un entorno político de posverdad”.

Ello es así dado que, en rigor, no se trata solo de expectativas, aumento en el gasto público, “recalentamiento” de la demanda o exceso de dinero circulante en procura de bienes los que la provocan, sino la permanente puja distributiva y el carácter monopólico y oligopólico de los mercados, quienes mayormente explicar sus causas.

En Brasil, cita Bloomberg la Fundación Getulio Vargas calcula que los precios de la carne vacuna han subido un 15% en el último año, mientras que el costo del pollo se ha disparado más de un 24%. En Reino Unido la bolsa de harina de 25 kilos aumentó 30% en el último mes y en Estados Unidos los precios al por mayor de la mantequilla grado AA han subido un 40% este año, por citar tan solo algunos ejemplos.

Según el índice de precios de que elabora Food and Agriculture Organization (FAO) organismo dependiente de las Naciones Unidas, en noviembre de este año el precio de los alimentos creció 1,2 % respecto a octubre y 27,3% en comparación con noviembre de 2020 a nivel global. “El último aumento representó la cuarta subida mensual consecutiva del valor del índice” indica el informe, agregando “que alcanzó su nivel más elevado desde junio de 2011. De todos los subíndices, el de los cereales y el de los productos lácteos fueron los que más subieron en noviembre, seguidos por el del azúcar, mientras que el de la carne y el de los aceites vegetales disminuyeron, aunque ligeramente, respecto del mes anterior”.

En nuestro país, INDEC informó que, en noviembre, el rubro alimentos y bebidas aumentó sus precios en 2,1%, un crecimiento que se ubica por debajo del 2,5% registrado por el índice de Precios al Consumidor durante dicho mes y un 50,5% en lo que va del año, levemente inferior al 51,2% que creció el IPC respecto a noviembre 2020. Ello especialmente obedeció a la política del gobierno de promover acuerdos de precios, regulando el mercado a fin de limitar el impacto de la inflación global sobre la mesa de argentinas y argentinos.

El análisis desagregado permite apreciar que, en los últimos 30 días, ciertos precios crecieron muy por encima del promedio registrado por el IPC. Son los casos de ciertos cortes de carne vacuna como por ejemplo Asado 12,7% Carne Picada 11,4% Paleta y Cuadril 8,3% y 8,1% respectivamente, cortes que en su gran mayoría (excepto este último) no forman parte de la oferta exportada por nuestro país, desnudando como ya hemos dicho, que no solo la inflación internacional es quien impone las reglas, sino que, en este partido, también juegan intereses políticos sectoriales y una fatal concentración de la cadena de valor que contribuyen a disparar la inflación.

INDEC también refleja que el ingreso promedio per cápita durante el último trimestre 2021, fue de apenas $31.035, aunque el 80% de la población percibió ingresos por debajo el valor que define la línea de pobreza: el ingreso promedio del estrato bajo (deciles del 1 al 4) fue de $18.127 mientras el del estrato medio (deciles del 5 al 8), de $48.546.

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La suba en el precio de los alimentos grafica, en apretado resumen, porque según datos del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, casi el 44% de la población total del país es pobre.

Y lo que es más penoso 65% de los niños viven en la pobreza en nuestro país, un hecho inconcebible si se tiene en cuenta que Argentina tiene condiciones suficientes para producir alimentos suficientes para satisfacer la potencial demanda de una población que sextuplica largamente los 45 millones de habitantes que viven en la República Argentina.

Los datos que duelen y preocupan, contrastan con el ideal que siempre encarnaron los gobiernos peronistas en nuestro país. Un proyecto político que, apoyado en la articulación de producción y trabajo, promete movilidad social y, por tanto, genera esperanza en el futuro.

Lo que en el pasado resultaba posible hoy colisiona de frente con el nuevo perfil que ofrece el capitalismo mundial: un contexto neoliberal que, basado en la acumulación financiera, promueve empresas globales que básicamente generan trabajo flexible de escasos derechos y baja calidad, especialmente en América latina donde la desigualdad es contundente: el 1% más rico obtiene un volumen de renta equivalente al 57% más pobre.

Además, la arquitectura financiera internacional exige que los Estados se administren mediante presupuestos cada vez más exiguos, garantizando rígidos equilibrios fiscales que limitan exageradamente el margen de política económica que cada nación, soberana, puede diseñar e impulsar en sus territorios, condiciones que no hacen otra cosa que sumar y promover aún más las desigualdades y la exclusión social.

Al mismo tiempo, la concentración económica es la característica principal de la producción de alimentos en la región y en nuestro país. Aproximadamente el 74% de lo que facturan las cadenas de venta minoristas queda en manos de apenas 20 empresas: Unilever, Mastellone, Empresa Del Distribuidor Coca Cola Company, Sancor Coop. Unidas (5%), Danone Molinos Río de la Plata, Procter & Gamble, Papelera Del Plata, Cervecería Quilmes, PepsiCo, Arcor, Nestlé, Bagley, Molinos Cañuelas y Kimberly-Clark, entre otras.

Al profundizar el análisis encontramos que a nivel lácteos solo tres (Mastellone, Sancor y Danone) se reparten casi el 75% de la facturación; en bebidas sin alcohol, Coca Cola, Aguas Danone y Pepsico se quedan con el 85% de las ventas; en congelados, BRF, Swift y Molinos Río de La Plata representan el 60% del mercado; y en aceites Molinos Río de la Plata, Molinos Cañuelas y Aceitera General Deheza explican el 90% del total facturado.

Queda claro entonces que a la “multicausalidad” de la inflación es imprescindible sumar el rol que juegan estas empresas, a las que podríamos señalar como el núcleo duro de los formadores de precios en el país.

La respuesta que la Administración Fernández ha dado, en especial desde que asumió Roberto Felleti como Secretario de Comercio, fue diseñar herramientas que, mediante acuerdos de precios con el sector privado, permitan desacoplar el precio de los bienes exportables en el mercado interno: derechos de exportación (retenciones) y congelamiento de precios, iniciativas que, claro está, fueron ampliamente repudiadas por el poder económico local.

Recientemente, Feletti aseguró en declaraciones a una radio porteña que “Este capitalismo que emerge de la pandemia respeta el modelo de producir poco y ganar mucho, apoyado en concentración monopólica en todo el mundo. En este marco aumentarán el precio del maíz, el trigo y la carne y tenemos que evitar que impacten en la mesa de las y los argentinos. Si queremos asegurar carne, pollo, pan y leche tenemos que desvincular los precios internos de los internacionales” advirtió.

Inicialmente el secretario de Comercio Interior se focalizó en detener el ritmo de aceleración de precios, a partir de la primera quincena de octubre. En líneas generales puede decirse que, aun cuando resta mucho por hacer, su misión está cumplida pues a partir de la segunda mitad de ese mes, la inercia se desaceleró, frenando la caída del consumo y la suba de precios. 

Sin embargo, de cara al corto plazo, el gobierno nacional enfrenta un reto quizá aún mayor: evitar que los precios se disparen cuando el próximo 8 de enero, venza el plazo acordado para el actual congelamiento de precios que rige para unos 1.400 productos de consumo masivo.

El gobierno podría endurecerse y promover políticas punitivas para “disciplinar” a aquellos empresarios que díscolos, se nieguen a suscribir acuerdos que busquen aportar algún grado de certidumbre y sustentabilidad y permitan a las clases sociales más vulnerables, gozar de una alimentación digna a precios accesibles.

Pero como hemos visto, el capitalismo actual, restringe a niveles extremos, el margen de maniobra que cada gobierno puede impulsar en términos de política económica. 

Siendo así, ¿Cómo desentrañar la madeja?

El consenso, aparece como una de las maneras más adecuadas para resolver dicha ecuación de cara al mediano y largo plazo, sin embargo, los intereses corporativos se muestran reacios a suscribir acuerdos con un gobierno que les genera alergia.

Para dichos sectores, peronismo es sinónimo de “populismo” y -este- el origen y razón principal de todos los males de este mundo. Así parece entonces muy difícil llegar al tan ansiado consenso, pues en el fondo el poder real prefiere otro tipo de administración para la cosa pública: aquella que solo garantice baja de impuestos y aumentos en la rentabilidad corporativa a cualquier costo. Sin duda la trama luce por demás compleja, aunque urgente, porque nuestra sociedad cada día tiene más desconfianza en su dirigencia y, a la vez, sus tiempos de tolerancia se están acortando muy aceleradamente al compás de lo único que hoy parece no ser incierto: la constante y permanente pérdida de poder adquisitivo del ingreso de quienes menos tienen y más necesitan.

Walter Darío Valdéz Lettieri

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