Hace muchos años vi escrito en una pared “Qué lindo es ser peronista” y me sonreí. No solo por compartir la idea, sino por los cientos de imágenes que me vinieron de la memoria: las charlas con mi abuela sobre qué fue el primer peronismo, las horas de formación política, la labor social, las choriceadas compartidas, los cursos dictados, las marchas, las volanteadas, las mesas en las esquinas, los actos compartidos, el sentido de compañerismo que fluye en cada oportunidad que el pueblo peronista se manifiesta. Son tantas cosas, que me cuesta ponerlas todas. Pero sí puedo describir una con lujo de detalles: la emoción, la catarata de adrenalina que te invade, que te llena los poros al momento gregario de cantar la marcha, al encontrarte con la mirada del otro y cantar ambos, más fuerte de lo que lo veníamos haciendo. esa sensación es incomparable. 

Ayer fue distinto, sin ese toque humano que nos caracteriza y sin embargo, ahí estábamos otra vez: dando vueltas en caravana desde temprano, mordiéndonos los codos los que estábamos trabajando para salir y gritar al mundo que las calles siempre serán nuestras. Que cuidarnos no es abandonar la lucha. Que somos muchos. Muchísimos. Que no entramos en la foto con el mejor lente disponible. Que somos organizados, que somos respetuosos, que somos leales.

El odio que sumió a Clarín, aquel 18 de octubre de 1945, hizo que no saliera a la calle su edición habitual. Férnandez Díaz, días atrás, dijo que ese 17 de Octubre de 1945 fue “un 10% de lo que fue la marcha (del odio) del 12 de octubre”. Hoy los vemos tratando de hacer piruetas porque sería muy obvio que no salieran a la calle con sus pasquines, pero optaron por notas sexistas y clasistas sobre el ministro Cafiero. Explotaron una cosificación violenta y machista, pero también hablaron de nepotismo y un errado concepto de meritocracia, tanto como si los Larreta, Pinedo, Bullrich, Peña fueran primera generación en la política y hubieran llegado por mérito.

Ayer los Agustines que entrevistaba Lautaro Maislin, se contraponían a la violencia y decrepitud de los asistentes a la marcha anticuarentena y antigobierno del pasado lunes. Ayer las Miriams y las abuelas nos explicaban el valor del trabajo digno y de ser agradecidos, muy en contraposición de las horcas, los trajes presidiarios y los cantos insultando, de la pasada semana. Ayer los jóvenes nos mostraban que se puede saltar el cerco informativo hegemónico e, inclusive, hacerlos caer en su propia trampa. Ayer vimos la concreción de esa frase “el amor vence al odio.

Las postales de ayer que cada uno guardará y contará a sus hijos, nietos y, con suerte, bisnietos, llevará la impronta de la épica peronista: así como intentaron impedir el 17 de octubre de 1945, poniendo todas las trabas posibles, ayer, el ciberataque sufrido contra la plataforma virtual del acto, desató la salida de centenas de miles de autos, motos, bicicletas a la calle que se sumaron a los camiones y colectivos con los que, las organizaciones gremiales, tapizaron el centro porteño. Se contarán las historias de las trasmisiones radiales de 24 horas que terminaron en baile vía zoom, las caravanas que a la 1:45 de la mañana seguían dando vueltas con la marcha a todo volumen en todas las ciudades y pueblos del país, las serenatas barriales entonando todo el repertorio de la liturgia peronista y el amor. El amor que se podía ver en las miradas compartidas, en los gestos ocultos por los barbijos. Se contará que, en medio de la peor pandemia que conoció el siglo, nos unimos para salir a expresar que la Salud está primero que la economía, que los ancianos tienen derecho a una vejez digna, que los chicos tienen derecho a una educación igualitaria y que los trabajadores tienen derechos laborales, todos bajo un Estado que nos ampara. Porque El Estado somos todos. Capital y Trabajo. Niñez y tercera edad. Diversidades y mayorías. Todos en un mismo país. Sin odios, pero con compromiso político. Ese 17 de Octubre, es el que vas a tener que contar en veinte y en cuarenta años, también. Porque es lindo ser peronista, pero más lindo es que los que te sucedan continúen el legado familiar.

Editorial

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