Incómodo fue difundir las ideas de la revolución durante el culto católico de los domingos. Incómodo fue Walsh con sus balas de tinta. Incómodos somos todos los que no aceptamos que nos impongan un pensamiento único desde un oligopolio. 

La pelea lleva más de doscientos años. Pueblo versus poder. Moreno versus Saavedra. Clarín se creo con capitales nazis para destruir al peronismo. Le tomó diez años poder sacar del poder al dirigente popular. Pero su imagen se tornó incómoda cuando la prensa clandestina, distribuía sus ideas, sus películas, sus clases de conducción política. Tan incómoda que, pese a gobiernos títere, nuevos golpes para cambiar la cabecera de la mesa, el pueblo seguía insistiendo en la idea de la posibilidad de una vida mejor. Y así un día se resignaron a su vuelta, pero la incomodidad que planteaba, acá y afuera, fue saldada con la partida del conductor de la nación. Y así creyeron que la idea estaba acabada. Una prensa cómplice, se abocó a generar una realidad irrespirable que, un sector de la población, compró y llegó nuevamente la dictadura para borrar todo vestigio de esa idea. Se quemaron libros, se torturó y mató a sus periodistas, incluso al más grande, para que nadie contara que pasaba y por qué pasaba. Se intentó una campaña de descrédito de aquellos que pudieron escapar, llamándolo campaña anti Argentina. La prensa “marrón” colaboró y sustentó esa campaña. Y comenzaron a aparecer los periodistas “independientes”, que no dependían de otra cosa que de los jugosos sobres de las empresas, de las embajadas y de la misma dictadura. Los Neustadt, los Grondona, poblaron los cuatro canales para hablarle a “Doña Rosa” del país pujante que solo existía en la pantalla de la TV. Ese mensaje se hizo carne con el retorno de la democracia. Esos “independientes” se transformaron en analistas políticos, esos mismos que acompañaron a Bussi a “chupar” gente, ahora te contaban como debía ser la Argentina.

Esos mismos colaboraron para que Alfonsín ganara las elecciones. Los mismos, cuando no les sirvió más, lo descartaron y arreglaron con Menem. Horas de pantalla con las bondades de la “Argentina del Primer Mundo” de la TV mientras todo se caía a pedazos. Allí surgió la nueva camada de “independientes”, uno ligado al dinero negro de los “gusanos” de Miami. Otro un iletrado que ni siquiera terminó sus estudios secundarios. Hoy ese magnate sigue en su cruzada por una América sin socialismo, el otro nos cuenta la realidad desde la óptica de los seis lustros recibiendo sobres de las embajadas. También surgieron los canales de cable de 24 horas de noticias, en los que nada se cuenta en presente, pero sí en potencial. Con conductores que se indignan hasta que se le salta el maquillaje, pero no dudan un segundo en aceptar la candidatura del partido conservador más corrupto que se haya conocido. Mujeres de gerentes que llegan a ocupar “el sillón de Mónica y César” sin otro antecedente que conducir un magazine de variedades a la una de la tarde. La meritocracia también nos puso al hijo de un reconocido conductor, a que nos habla del valor de ganarse el pan con la sola aptitud de facciones faciales hegemónicas. Y así modelos se convirtieron en periodistas y la cosa siguió así.

¿Y los incómodos? Los incómodos siguieron trabajando subterráneamente, mechando notas en los grandes diarios gracias a la inutilidad, o el descontento con sus mandantes, de muchos jefes de redacción. También llegó un periodismo joven e irreverente que no incomodaba mucho, pero si sirvió para perderle el miedo a los poderosos. Ese gen prendió en la siguiente generación de periodistas que crecieron al calor del cuarto gobierno nacional y popular. 

Los doce años y medio del kirchnerismo fueron un gran momento para que el periodismo pudiera decir lo que quisiera, incluso mentir al punto de crear al monstruo que destruiría al país en el período que denomino La Restauración Conservadora. 

Esa restauración que colocó nuevamente a esposas (sin experiencia ni capacidad) al frente de programas periodísticos, operadores mediáticos al frente de noticieros y nuevamente el señor que salía a chupar gente con Bussi, a contarnos (esta vez por TV) que lo peor ya había pasado. Tipos que fueron echados de la Casa Rosada por pedir coimas te hablaban de corrupción y colocaban a su hijo como heredero. “Servicios” de bigote, sin pelo, con pelo, poblaban los programas como conductores de ciclos televisivos. 

Los incómodos, esos que el presidente en funciones de esa época sugirió que había que ponerlos en un cohete a la luna, siguieron perseverando. Se fueron al cable, se armaron sus propias autogestiones, en radios por internet, en youtube haciendo lo mejor que se puede hacer: incomodar al poder. 

Allí surgió una nueva raza de periodistas, los que nacieron del hecho digital, los que no olieron la tinta nunca en sus vidas, los que la televisión les resulta solo una excusa para ver deportes. Y allí el poder no supo manejar, pese a que manejaron muy bien las nuevas tecnologías. La reacción walshiana, la de usar el mimeógrafo y llegar a todos a como dé lugar, se transformó en un blog, en un canal en redes sociales, en una cuenta en Twitter, en un portal en la web.   

El desastre realizado no pudo ser tapado con complicidades, no pudo ser opacado con publinotas. Pero el mérito fue de los incómodos que lo hicieron público con el apoyo de todos los que creían en esa idea de un país mejor porque lo habían vivido apenas unos años atrás.

Dicen que el kirchnerismo es ese peronismo que nos contaron los abuelos. Y eso fue lo que perduró, la tradición oral de aquellos que “bancaron la parada” y contaron lo que sucedía. Los que se negaron a ese pensamiento único clarinista. Y así con la colaboración de todos, se terminó con el flagelo del macrismo. De la misma manera que se inició la revolución de Mayo. Con una idea difundida. 

Hoy las mentiras sobre la pandemia distribuidas por ese periodismo hegemónico, nos costaron 80000 muertes evitables, pero gracias al periodismo serio y responsable se salvaron millones. Poner en difusión a científicos, a genetistas, inmunólogos, terapistas, neumonólogos, evitó el mensaje que, el mercado todo lo regula, como dice el Amigo Andy Tow. 

Hoy, casi al final del siete de Junio, hay que agradecer a los miles de “canillitas”, que han distribuido la información confiable, que han ayudado a desmontar las operaciones de prensa, que han desenmascarado a quienes quisieron lucrar con la desesperación de una pandemia.

Porque los periodistas, ya no pueden usar el mimeógrafo de Rodolfo. Pero un celular, una computadora puede ser el vehículo para el verdadero cambio. Pero sin alguien que haga circular la información, como pedía Walsh, todos estaríamos viendo a la nieta de Mirtha. 

Así que este año, más allá de agradecer a los colegas con los que hacemos este esfuerzo por brindar información (contando desde donde la decimos), queremos agradecer a los verdaderos distribuidores de las noticias, los que las hacen llegar a lugares que nunca pensamos llegar. A todos, muchas, muchas gracias. 

Nos cuidamos entre todos. Nos salvamos entre todos. 

Rodrigo Mas
Editor de Argentina Informada

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