Sarmiento fue, a mi entender, un personaje nefasto. Tenía un odio visceral por los pobres, pueblos originarios, nuestros afrodescendientes y gauchos, a los que asociaba con lo barbárico e incivilizado. Dedicó, gran parte de su vida, a desterrar todo vestigio de las clases populares de nuestra historia. Pero luego de leer extensamente sobre él, encontré un aspecto positivo dentro de su “hediondo” pensamiento: fue un gran crítico de la oligarquía pampeana. Faustino dijo: “La industria pastoril del ganado semoviente, impide la radicación del habitante en el suelo y, con ello, la formación de municipios”. Sarmiento ponderaba al agricultor y denostaba al hacendado pampeano. Un día le dijo a un estanciero: “Toda su respetabilidad la debe a la procreación espontánea de los toros alzados de su estancia”.

Para Sarmiento era una aberración la tenencia monopólica de la tierra. No solo una distorsión fiscal y económica, sino un problema -básicamente- político. La riqueza que acumularía la oligarquía pampeana, se convertiría en un arma política que beneficiaría a los secuaces del poder de turno en detrimento de las instituciones republicanas. Para frenar que la tierra sea monopolizada por la oligarquía, la agricultura se constituía en la herramienta más eficaz para evitarlo al desarrollar la propiedad privada de pequeñas y medianas parcelas.

Sarmiento se opuso a Alberdi quién, por ejemplo, se oponía a cualquier tipo de intervención estatal en cuestiones económicas. Faustino, por el contrario, sostenía que -el Estado- debía dictar “buenas leyes de la tierra” regulando, por una necesidad social, el acceso a la propiedad de la tierra de los más desposeídos del mundo rural, ejerciendo la defensa de los mismos, frente a los intereses mezquinos de los grandes terratenientes.

Para Sarmiento, la tierra pública debía ser vendida a precios moderados y en lotes proporcionales. El ideal del “farmer” de la relación trabajo-agricultor: ni tan pequeños que resultaran improductivos, ni tan grandes que excedieran la capacidad de explotación. Puso en marcha, así, una colonia agrícola que, en ese contorno estrecho en relación con la inmensidad de la pampa, insinuó un trayecto apetecible para Sarmiento: Chivilcoy. Era su creación, la punta de lanza de una nueva era que -creía- iba a cambiar al país de un modo radical. Fruto de esta confianza es su conocida frase: “Haré 100 Chivilcoy”. Su visión era: “De inquilinos a propietarios. De propietarios a ciudadanos”. La idea de soberanía en Sarmiento estaba vinculada con el fuerte componente de extranjeros, que comenzaba a tener un impacto cada vez más importante en la población del país. Esas olas de inmigrantes de ultramar, que podían transformar a un desierto en Nación. Desde ya que, “el desierto”, estaba poblado, pero no por aquellos deseables y sí por los que Sarmiento despreciaba y que no tenían lugar en su concepción de Nación.

Bartolomé Mitre

Para Sarmiento, la tierra pública debía ser vendida a precios moderados y en lotes proporcionales. El ideal del “farmer” de la relación trabajo-agricultor: ni tan pequeños que resultaran improductivos, ni tan grandes que excedieran la capacidad de explotación. Puso en marcha, así, una colonia agrícola que, en ese contorno estrecho en relación con la inmensidad de la pampa, insinuó un trayecto apetecible para Sarmiento: Chivilcoy. Era su creación, la punta de lanza de una nueva era que -creía- iba a cambiar al país de un modo radical. Fruto de esta confianza es su conocida frase: “Haré 100 Chivilcoy”. Su visión era: “De inquilinos a propietarios. De propietarios a ciudadanos”. La idea de soberanía en Sarmiento estaba vinculada con el fuerte componente de extranjeros, que comenzaba a tener un impacto cada vez más importante en la población del país. Esas olas de inmigrantes de ultramar, que podían transformar a un desierto en Nación. Desde ya que, “el desierto”, estaba poblado, pero no por aquellos deseables y sí por los que Sarmiento despreciaba y que no tenían lugar en su concepción de Nación.

Pablo Targhetta

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