La remontada generada por el oficialismo dejó en claro dos cosas: que la iniciativa la sigue teniendo el espacio Nacional y Popular y que, la pírrica victoria de la alianza conservadora, sólo exacerbó las diferencias entre sus integrantes. La humillación al oficialismo como único eje de campaña y la derrota en lo simbólico tras los parejos resultados en el reparto de bancas, colocan al conservadurismo frente a su peor espejo: la ultraderecha.

El operador macrista Luís Majul, tras las PASO de 2019, hablaba de que “Macri perdió, pero ganó” y Alberto, sacando más de ocho puntos “ganó pero…” Si usamos la lógica barata del cuñado del procurador bonaerense, podríamos decir lo mismo, pero no: la lógica indica que la segunda alianza conservadora se impuso en votos a nivel nacional, pero resignó bancas a nivel Diputados, perdió el control del Senado Bonaerense y continúa siendo minoría en el Senado nacional. ¿Qué ganó? Los titulares de los diarios hegemónicos y haberle quitado el Quorum automático al gobierno, que continuará teniéndolo negociando con los partidos provinciales que no son antiperonistas. Las derrotas en Mendoza, La Pampa y Córdoba, Santa Fé y Chubut, relegó al oficialismo a tener que tener “muñeca” en la Cámara Alta. Pero ¿es suficiente para decir que ganaron? Claramente, no.

Si el eje de campaña se basó, tras las PASO, en la humillación que le propinarían al gobierno, al punto de ponerlo en la situación de ceder la línea de sucesión en manos de María Eugenia Vidal como Presidenta de la Cámara de Diputados, quien llamaría a una Asamblea para nombrar al gobernador Cordobés y alguna vez hombre de SOCMA, Juan Schiaretti, como Presidente Provisional ante la renuncia obligada de Alberto Fernández y Cristina Fernández, tal como fuera confesado por varios integrantes del PRO previo a los comicios de diciembre, fue totalmente desarticulado por el parejo resultado en aquellas localidades donde se decidían los escaños. Juntos por el Cambio ponía en juego mucho, por las bancas que se renovaban después de la elección de 2017. El Frente de Todos, no. Con mantener el resultado de 2017, mantenía el control de Diputados y el del Senado. El parejo resultado en la Provincia de Buenos Aires, tras el pobre enroque de sacar a Vidal de PBA y poner a Santilli en una provincia que desconocía y lo desconocía a él, trajo como bonus para el gobierno de Axel Kicillof, recuperar el control de Senado bonaerense, con el voto desempate de la Vicegoberadora Verónica Magario, que se encontraba en manos del vidalismo hasta hoy. La idéntica repartija de votos le permitió al FDT conseguir dos escaños más (el tercero llegaría desde La Rioja) en la Cámara de Diputados de la Nación, para alcanzar los 119 legisladores, lo que lo coloca “a tiro” de conseguir quorum de forma más accesible que otrora con 116 voluntades y con pocos espacios para negociar para llegar al dorado número de 129 voluntades. 

La actitud “pachamesca” de celebrar la remontada como si fuera una victoria, permitió al oficialismo, por primera vez, dirigir la agenda noticiosa, durante una semana la oposición y sus medios hegemónicos, se desvivieron para explicar que los conservadores que “ellos” habían ganado y el “kirchnerismo” había perdido. El desquiciado “tour de force” de los políticos conservadores como Patricia Bullrich, Martín Tetaz o María Eugenia Vidal, solo fue frenado ante el fusilamiento de Lucas González por un Grupo de Tareas de la Policía de Horacio Rodríguez Larreta que actuaba sin identificación. A partir de allí lo que debería transformarse en otra semana de revertir la agenda del gobierno, mutó en la defensa cerrada del blindaje con el que cuenta el político de derecha que rige los destinos de la Ciudad de Buenos Aires y es la esperanza blanca de la derecha vernácula para 2023. Pese a no lograrlo o intentar tapar el fusilamiento de Lucas con otro hecho lamentable sucedido en San Clemente del Tuyú, la oposición no logra revertir la “sensación” que no sirvió ganar si no se pudo humillar. Los livings amables de Fantino, La mesa de la nieta de Legrand, las “notas con centros” de Tenenmbaum o los vacíos reportajes “serios” de Novaresio de otrora se transformaron en reproches constantes para los ganadores del pasado domingo. Bastó ver el careo mediático que hicieron los operadores macristas Jonatan Viale y el condenado Eduardo Feimann al político conservador, Diego Santilli, con la instalación del “crimen del kioskero” como ariete para conseguir votos en La Matanza y la imposibilidad de penetrar el distrito peronista.

La oposición deberá revisar una posición ultra, que fue cooptada por expresiones como Javier Milei y José Luís Espert que recibieron el favor del voto de extrema derecha que antes iba al PRO. La pérdida de ocho puntos en CABA es la demostración que ya “no cazan en el zoológico” y que alguien con ideas aún más reaccionarias, les “birló” el núcleo de sus votantes. El espejo que les devuelve Milei los muestra deformados, viejos, fracasados y, sobre todo, poco representativos de lo que en el progresismo se denomina “voto termocéfalo”. Ese grupo antiderechos, antipopular, Pro Estados Unidos y sobre todo, antiperonista, que antes era su base férrea, hoy no dudó en considerarlos tibios y prescindibles. 

El gobierno puede festejar que tiene una nueva oportunidad y el “imponer” agenda de aquí a 2023, la oposición tiene una posición más endeble: debe demostrar, puertas adentro, que el original es mejor que la versión recargada, pese a los recientes fracasos de gestión. Puertas afuera, debe mostrarse renovado, limpio de personajes como Macri y Bullrich que son “piantavotos” y poder enfrentar a un gobierno que retoma la iniciativa que lo llevó a la Casa Rosada. Lo cuál no es poco.

Rodrigo Mas
Editor de Argentina Informada

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