Durante el primer mandato del General Juan Domingo Perón, su relación con la Iglesia fue excelente: 

Perón e Iglesia establecieron una fuerte alianza,que fue decisiva para que, el General, llegara al poder en 1946, pero todo cambió en junio de 1954 con la creación del Partido Demócrata Cristiano. El nuevo espacio político, provocó desconfianza en Perón dado que, el Justicialismo, era (quien mejor expresaba) la doctrina cristiana dentro del arco político argentino. El General sospechó que, detrás de la creación de la Democracia Cristiana, se escondía un proyecto para debilitarlo, ideado por el Vaticano. 

El conflicto se fue incrementando hasta que, en un discurso el 10 de noviembre de 1954, Perón acusó -a un sector de la jerarquía eclesiástica- de conspirar para derribarlo, indicando a tres obispos y veinte sacerdotes como parte del plan.

El Presidente dictó medidas que, a la Iglesia le resultaron “provocativas”, como la equiparación legal de los hijos legítimos e ilegítimos, la ley del divorcio, la supresión de la enseñanza religiosa obligatoria y la eliminación de subvenciones a los colegios parroquiales. Dichas medidas pueden ser tomadas como una provocación a la Iglesia pero, también, como la evolución en las políticas de igualación que el Justicialismo propone. La jubilación, las vacaciones pagas, el aguinaldo, el estatuto del peón de campo y el voto femenino ya se habían convertido en leyes, por lo que el General vislumbró la tragedia nacional allí: el antiperonismo, que carecía de legitimidad y llegada a las masas, encontró una vía por donde manifestarse: se erigió como el que mejor expresaba esa “guerra santa contra el gobierno”, cuyo grito era “Perón o Cristo” y que adoptó la V que sostenía una cruz, “Cristo vence”.

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Ya no hubo retorno posible: la oposición se lanzó en una “cruzada” que atacó al gobierno por todos los flancos. Expandió rumores de corrupción, denunció un culto fascista hacia la personalidad de Perón y Evita, cuyos nombres se le habían puesto a escuelas, hospitales y calles. La oligarquía utilizó el enfrentamiento (entre el gobierno y la Iglesia) para iniciar un proceso que hiciera retroceder todas las conquistas sociales que había parido el peronismo, evitar la redistribución equitativa de la riqueza y anular la revolucionaria Constitución de 1949. Ya, con el triunfo de la “Revolución Fusiladora”, alcanzarían sus nefastas metas.

Lo cierto es que, la jerarquía eclesiástica y el gobierno, intentaron llegar a una conciliación, pero los sectores golpistas -civiles y militares- que supuestamente operaban en “representación de la fe” (como fue el caso de la Marina de Guerra), esencialmente laica, liberal y anticlerical, radicalizaron el enfrentamiento con el gobierno. 

La procesión de “Corpus Christi” del 11 de junio de 1955, fue una multitudinaria manifestación que nada tuvo que ver con la religión. De ella participaron ateos, marxistas, oligarcas y antiperonistas de todos los colores. Fueron ellos los que fogonearon la marcha con un fin claro y preciso: desestabilizar al gobierno. 

El 16 de junio de 1955, la Iglesia excomulgó a Perón con la excusa de la expulsión de los monseñores Tato y Novoa. Luego vino el bombardeo genocida a la plaza y se llegó al 16 de septiembre, en donde aquel mal que se había escapado de la caja de Pandora, que creó el innecesario conflicto, se instaló de forma permanente en el paisaje de la Patria. 

Durante el pontificado de Juan XXIII y gracias a la gestión del cardenal Copello (Arzobispo de Buenos Aires durante el peronismo y con quien mantenía buena relación) el Vaticano expidió un documento en el que expresaba que, “Perón no tenía nada pendiente con el Vaticano”, se anuló la excomunión y se selló la reconciliación en el exilio de Puerta de Hierro. 

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Pablo Targhetta

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