Estamos ante una excelente oportunidad para revisar las instituciones, sus prácticas y hacer las cosas de otro modo. El escenario pospandemia es probablemente la crisis internacional con mayor disponibilidad de liquidez que hayamos vivido.

Por Maximiliano Alonso*

Director por Argentina y Colombia del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE)

La pandemia desató una crisis sin precedentes empeorando todos los indicadores económicos y sociales, pero puede ser una excelente oportunidad para revisar las instituciones, sus prácticas y plantear una “nueva normalidad” que tendrá que ser un reflejo “no” prepandémico.

En este proceso, los Bancos Multilaterales de Desarrollo (BMD) tienen un rol fundamental, pero como otras instituciones que también sufren las consecuencias de la pandemia, deben revisar sus estrategias, modificar sus programas operativos y reflexiónar sobre sus modelos de gobernanza, pues en tiempos de crisis se tiene la obligación estratégica de construir previsibilidad.

Entre 2002 y 2015 América Latina y el Caribe tuvieron una política de crecimiento económico sostenido, que les permitió desarrollarse sustancialmente en términos de infraestructura, pero la pandemia consumió toda la evolución de los últimos 10 años.

En términos de ingreso per cápita se retrocedió a niveles de 2010, reforzando las desigualdades existentes en la región y condicionando las respuestas que los gobiernos pueden dar. 

COVID encuentra a Latinoamérica extremadamente frágil, con altos niveles de empleo informal, una brecha digital acuciante, un sistema de salud desigual e insuficiente y elevado endeudamiento en la mayoría de los países de la región y a diferencia de Estados Unidos o Europa, sin poder acceder a los recursos financieros vitales, para afrontar una crisis de las dimensiones que la pandemia supone.

En este contexto, el rol de los bancos multilaterales de desarrollo es crucial, siendo necesarios nuevos modos de acción en los BMD caracterizados por la proactividad, la coordinación y la complementariedad.

De lo reactivo a lo proactivo

Los BMD tienen como objetivo financiar las necesidades de desarrollo de los países miembros, respondiendo a sus demandas, brindándoles los recursos que necesitan para cumplir sus objetivos. Una dificultad que enfrentan radica en la tensión entre, “simplemente”, dar lo que los países demandan o intervenir en diversos grados, lo que podría expresarse como una tensión entre política y tecnocracia.

Los países pueden argumentar que la banca cumple una función tecnocrática y no tiene derecho a influir en las decisiones políticas, ya que no han sido votados para ello, mientras los BMD que las demandas de los países suelen estar impulsadas por la obligación de responder a necesidades urgentes, lo que impide desarrollar una estrategia adecuada que permita cubrir las necesidades reales a mediano y largo plazo.

Este carácter reactivo se observa, por ejemplo, en la escasa inversión en los sistemas de salud que resultaron del aporte de la Banca Multilateral de Desarrollo en las regiones más vulnerables. Entre 2010-2016 los BMD aprobaron más de USD 22.815 millones para Centroamérica, el equivalente al PIB de Honduras o el doble del PIB de Nicaragua. Casi el 50% del monto aprobado se destinó a infraestructura vial y energética mientras los sistemas de salud, el sistema educativo y la actualización tecnológica no fueron considerados estratégicos. No haber invertido en estas áreas ha puesto a la región, en una situación de extrema vulnerabilidad.

De la vinculación a la coordinación estructurada

Una de las debilidades en los procesos de trabajo para resolver impactos regionales o globales, como el de la pandemia, fue la falta de una mayor coordinación y la ausencia de un diálogo entre la banca multilateral.

Así como países y regiones tienen diálogos estructurados para la creación de políticas de cooperación conjuntas, los BMD deberían implementar procesos similares. Esto haría posible un desarrollo de inversiones que no se dupliquen o tripliquen en función de otros asuntos multilaterales, y crearía una coordinación política, para darle un mejor tratamiento a los principios de eficiencia y efectividad, elevando el impacto y la sostenibilidad de resultados.

Para lograrlo hay que adaptar la gobernanza multilateral a esta realidad, buscando el balance entre lo político y la tecnocracia.

Se deben proponer reformas que incentiven un proceso de formalización masiva de acuerdos, a fin de garantizar la coordinación macroeconómica regional, el buen uso de los recursos y una base de cooperación que permita aliviar los ajustes en la economía y en la sociedad. La necesidad de diálogo no solo concierne a la Banca Multilateral de Desarrollo, sino también al sector público, el científico, el financiero y al sector privado.

Es muy importante asociarse con organismos técnicos especializados, con el objetivo de asegurar el uso efectivo de los recursos.

Espacios donde se puedan generar programas regionales estructurados por múltiples bancos multilaterales, facilitando un tejido de políticas públicas por parte de los países, asistidos por los BMD y los entes técnicos sectoriales, fondeadas con “canastas de recursos multilaterales”, provocando una ejecución con los debidos niveles de apropiación por todas las partes, incluyendo la sociedad civil.

Un ejemplo de éxito es el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) que se convirtió en el primer BMD en efectuar la emisión del “Bono para la Vacuna COVID-19” en el mercado asiático, siendo así la primera institución financiera en aplicar este instrumento dirigido a la adquisición de vacunas para la población centroamericana.

La salud es un bien público, un valor que refuerza y da sostenibilidad a las políticas de desarrollo y un indicador directamente proporcional al desarrollo de una nación o una región. Para que esto dé resultado es necesario que exista un proceso de diálogo estructurado y permanente en el tiempo. Así, se podrá avanzar hacia un modelo de complementariedad que generará un proceso de eficiencia en la colocación de recursos escasos en momentos críticos como los actuales

Lamentablemente seguimos hablando de desarrollo humano, pero seguimos invirtiendo en infraestructuras. Seguimos hablando del tercer contrato social por la educación, pero continuamos invirtiendo en el segundo o el primero.

Tenemos las herramientas tecnológicas, los recursos humanos, las soft skills y todo lo necesario para hacer una verdadera actualización de las instituciones. La reactivación económica deberá articular tecnología, un fuerte impulso al desarrollo científico, la reindustrialización y un firme compromiso con la reducción del cambio climático y la pobreza.

Nos encontramos ante una situación única para revisar los modelos de innovación y aprender la lección a fin de estar preparados ante próximas crisis. Se requiere que regiones y habitantes en América Latina y el Caribe promuevan un espacio de cohesión e integración que permita llegar a resultados muchos más efectivos, pero desde una perspectiva de complementariedad.

Para ello es preciso trabajar cuanto antes con los grupos regionales para intercambiar buenas prácticas y experiencias en materias estratégicas como el reto de la informalidad en el empleo y los sistemas de protección social, el rol de las mipymes en la recuperación económica, el desarrollo digital para la educación y empleo, nuevos esquemas de financiamiento, circuitos económicos virtuosos: economía de colores y turismo sostenible.

La decisión política de los gobiernos que integren transversalmente la gobernanza de los BMD, los procesos de diálogo conjunto de la banca para el desarrollo, los planes estratégicos acotados a las prioridades para cada región, la creación de una representación global de la BMD que opere estas prioridades conjuntamente, el diálogo y mecanismos multisectoriales para la toma de decisión entre Estados, empresas, universidades, sector científico, tercer sector y sociedad civil y el fomento de la excelencia y la transparencia, por ejemplo, facilitarían la complementariedad propuesta.

Una agenda posible y factible debería incluir como prioridades la pobreza extrema y seguridad alimentaria, el acceso a los sistemas sanitarios al agua; vivienda y hábitat, el empleo y reconversión de sectores productivos y la educación; ciencia, tecnología e innovación para el desarrollo a los que es necesario sumar la digitalización y acceso universal a internet; productividad inclusiva 4.0; el cambio climático; desastres naturales,  y energía verde; y la equidad de género y empoderamiento económico de la mujer.

Se trata de reformular prioridades y de asignarles un espacio concreto en la estrategia. Carmen Reinhart, economista jefe del Banco Mundial, dijo en la conferencia anual de la CAF 2020: “Estamos ante la peor contracción económica de la región en 100 años: 9,1% será la caída del producto interno bruto regional; las exportaciones van a caer al menos un 23%; el desempleo va a afectar a 44 millones de latinoamericanos; la desigualdad aumentará un 5%; 33 millones de personas en América Latina van a caer de los estratos medios a la pobreza, de tal manera que 8 de cada 10 personas en la región (490 millones) van a requerir de un ingreso básico y de políticas universales”

Estos números señalan que es altamente probable que muchos países no puedan pagar sus deudas. Algunos estarán en condición de reestructurarlas y otros no podrán siquiera sostener un piso básico para satisfacer las necesidades de su ciudadanía. Por ende, no será viable seguir planteando los viejos modelos de reestructuración o de perdón de deuda, sino que debemos ir hacia un modelo obligatoriamente colectivo, social, de inclusión.

Tanto los países emergentes como los industrializados deberán acordar un modelo que permita construir una realidad sostenible. El sistema financiero y los BMD serán un instrumento dentro de esa estructura fundamental para el sostenimiento de la economía, la producción y los nuevos modelos de negocios que se generen en los próximos tiempos.

Infografía niveles de deuda pre covid

No se trata de caratular este nuevo modelo en un extremo ideológico o en otro; sino de formular un conjunto de ideas y acciones que promuevan una estabilidad económica y social que permita vivir en un mundo digno. Un mundo donde las personas no dejen de sentirse como tales, donde la producción y el consumo de los bienes naturales sean sostenibles, y donde un niño o niña tenga acceso a la vivienda, a la alimentación, a internet, a jugar y a poder ver a sus padres y madres durante el día.

Esto requerirá incrementar el acceso a financiamiento de los países basado en la articulación y ampliación de mecanismos de asistencia financiera y técnica en los ámbitos macroeconómico y sectorial (salud y protección social), que conlleven un crecimiento inclusivo y sostenible, reduciendo la pobreza y permitiendo combatir la informalidad laboral y la corrupción, financiamiento que debe ser anticíclico para ayudar a mantener la actividad económica, y especialmente los empleos.

Hay más de 400 bancos de desarrollo en el mundo, todos representan “cuencas de recursos financieros” que deben desempeñar un papel vital para frenar el declive económico y social, y financiar la transformación aquí propuesta. El escenario pospandemia es probablemente la crisis internacional con mayor disponibilidad de liquidez de recursos financieros que hayamos vivido.

Hay disponibles recursos públicos y privados, de sistemas financieros nacionales e internacionales, y de organismos internacionales de cooperación. Conviene potenciar estas disponibilidades mediante mecanismos que brinden financiamiento accesible para las empresas con asistencia técnica, garantías y avales, así como otros instrumentos de riesgo ajustados al contexto socioeconómico de los países.

Esto puede lograrse mediante préstamos de largo plazo en condiciones adecuadas, garantías para relanzar la actividad económica y estudiar posibles reestructuraciones de pagos de deuda, bajando cuotas por mayor plazo y menores tasas de interés. Y se puede complementar con líneas de crédito de rápido acceso y préstamos blandos, con posibles donaciones bilaterales y reasignación de recursos previamente aprobados para financiar nuevas prioridades.

La coyuntura excepcional debe impulsarnos a utilizar estos recursos siguiendo un modelo proactivo, de diálogo estructurado que incluya a todos los sectores, y con el acento en la complementariedad en lugar de en la competencia. Si se asumen estos retos, los BDM están llamados a ser una pieza clave en el diseño y la implementación de un nuevo modelo de desarrollo.

Por Maximiliano Alonso*

Director por Argentina y Colombia del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE)

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