El operador macrista, apologista de las dictaduras argentinas y chilena, generador de odio, conductor y director artístico de esa cloaca mediática denominada Cadena 3, Mario Pereyra, falleció esta madrugada a causa del Coronavirus.

El personaje que comparó el aislamiento preventivo como más duro que la dictadura pinochetista, para finalizar con un “pobrecito Pinochet”, llevaba más de quince días internado en el Instituto Modelo de Cardiología de la Ciudad de Córdoba.

El operador que en 1990, sentó en su set televisivo al jerarca de la dictadura cívico militar y lo trató como “estimado General” falleció a los 77 años, tras complicaciones en el cuadro de COVID-19, el cual, también padece su esposa, Estela.

La muerte ni engrandece, ni aplaca lo hijo de puta que pudo haber sido alguien en vida y, Mario Pereyra, lo fue. Pero no se puede celebrar que deje de existir una voz, por precámbrica que sea, por antidemocrática que sea. Esas voces sirven para poder ubicar donde está el opuesto a transitar, el camino a no ser seguido. 

Mario Pereyra expresó lo más bajo de nuestra sociedad: el odio desmedido, sin lógica ni razón. El odio por el odio mismo. Pero no se puede celebrar una muerte, menos aún si -esa muerte- se generó por una pandemia que él mismo contribuyó a diseminar con sus comportamientos y arengas anticuarentena. Mario Pereyra fue víctima de su propio odio. 

Lo sucede una familia, una esposa que está luchando por vencer a un virus que se ha llevado a decenas de miles de argentinos. Lo sucede una familia que no tiene culpa de quien fuera este esperpento de ser humano. Una familia que lo debe haber amado. Como nosotros amamos a los nuestros, a los familiares, compañeros, amigos que perdimos durante la pandemia y, también, a los que perdimos durante las dictaduras que, esa mierda de ser humano, hizo su bandera. Nosotros no celebramos la muerte, jamás lo haremos, pero dejamos bien en claro que, Mario Pereyra, no era uno de los nuestros. 

Mario Pereyra no fue un periodista. Mario Pereyra fue un destilador de odio. 

Que Dios se apiade de su alma.

Rodrigo Mas
Editor de Argentina Informada

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