Domingo Perón, quién poco tiempo después comenzaría a darle forma a una nueva Argentina, en donde la esclavitud laboral quedaría definitivamente derogada. Apoyado por combativos dirigentes sindicales como Bramuglia y Borlenghi, Perón logró la creación de la Secretaría de Trabajo (antes solo existía un Departamento Nacional de Trabajo, que era una cáscara vacía, sin ningún tipo de utilidad). Perón asumió como Secretario de la cartera a finales de 1943 y promovió la ampliación de derechos en materia laboral. Desde la Secretaría, Perón logró reformas inéditas hasta ese momento en materia laboral: 

-El estatuto del Peón: estableció un salario mínimo y mejoró notoriamente las condiciones de alimentación, vivienda y trabajo de los trabajadores rurales

-Establecimiento del seguro social y la jubilación: benefició a 2 millones de personas

-Creación de Tribunales de Trabajo: aseguraron sentencias más justas para la clase trabajadora.

-La fijación de mejoras salariales y el establecimiento del aguinaldo para todos los trabajadores.

-El reconocimiento de la “Asociaciones Profesionales”, que benefició a los

 sindicatos, dado que obtuvieron una mejora sustancial de su posición en el plano jurídico.

Dignificar a los/as trabajadores/as y fortalecer a los sindicatos, hizo que Perón comenzara a cosechar acérrimos enemigos. A la cabeza de ellos estuvieron los terratenientes oligarcas y el empresariado ligado a ellos, que se asociaron al imperialismo norteamericano. Estados Unidos le arrebató a Inglaterra la hegemonía mundial luego de la Segunda Guerra Mundial y no permitiría que, en “su flamante patio trasero”, hubiera virreinatos díscolos que se atrevieran a no acatar los mandatos imperiales. Perón se convirtió en un mal ejemplo regional y en un peligro latente de emancipación latinoamericana. A principios de 1945 el imperio a través de Spruille Braden, decidió cortar el problema de raíz y organizar la oposición a Perón para evitar que aquel coronel rebelde y nacionalista tomara vuelo. 

Al mismo tiempo que el peronismo, nacía el antiperonismo, tan vigente hasta hoy. Tanto por derecha como por izquierda. 

Luego de la crisis de 1929 Argentina debió entrar en un proceso de industrialización forzoso y acelerado dado que, el caos financiero internacional, colapsó al modelo agroexportador. El proceso de sustitución de importaciones hizo que las fábricas comenzaran a dominar la periferia de las grandes urbes, especialmente el Gran Buenos Aires, y que creciera notoriamente la demanda de mano de obra. Se produjo una importante migración interna desde el interior del país hacia las zonas fabriles. El crecimiento exponencial de la clase obrera se convertiría en la columna vertebral del futuro Movimiento Nacional Justicialista. Esa clase obrera, que hasta antes de la gloriosa Revolución de 1943, era explotada y sometida a condiciones de semiesclavitud, sería la que protagonizaría la mayor gesta del siglo veinte en nuestro país: El 17 de Octubre de 1945.

El 8 de Octubre de 1945, Perón fue obligado a renunciar a todos sus cargos en el gobierno a causa de la presión oligarca y de una facción dentro del ejército, que estaba al servicio de esta. Es necesario resaltar el gesto del General Farrel quien, a pesar de las presiones y de la actitud sediciosa del grupo de sicarios de la oligarquía vestidos de uniforme, le permitió a Perón “despedirse” y transmitir un fundamental e histórico discurso radial. Fue aquel mensaje el que desencadenó el 17 de Octubre, porque en él, Perón le dijo a los/as trabajadores/as que defendieran las conquistas logradas. La conciencia y pertenencia de clase decantó en irrefrenables ansias de reivindicación. Era la primera vez en la historia argentina que los/as trabajadores/as habían recibido un apoyo concreto desde el Estado y, por ello, no estuvieron dispuestos a aceptar mansamente ningún retroceso. 

La facción del ejército al servicio de la oligarquía le exigió a Farrell que encarcelara a Perón. El “Coronel del los/as Trabajadores/as” fue detenido y enviado a la isla Martín García en primera instancia y luego trasladado al Hospital Militar.

El 17 de octubre, el elitista paisaje porteño fue tomado por una multitud de trabajadores y trabajadoras, que penetraron la capital por todos los puntos cardinales. La histórica epopeya fue impulsada por algunos dirigentes gremiales como Cipriano Reyes, pero el verdadero motor de la movilización fue la espontaneidad de una masa explotada, que se había vuelto clase y, de forma pacífica, logró establecer a la jornada como una bisagra entre la indignidad y la dignidad en la historia argentina. Se adueñaron de las calles que les estaban vedadas por mandato de la clase parasitaria, que describió a la multitud trabajadora como un “aluvión zoológico”, entre otros degradantes, discriminatorios y despectivos calificativos. 

Las multitudes obreras, también engrosadas por trabajadores/as y profesionales de clase media, llegaron a la Plaza de Mayo y con las patas metidas en las suntuosas fuentes oligarcas, exigieron la liberación de Perón.

El Coronel de los/as trabajadores/as fue liberado en la noche del 17 y se dirigió de inmediato a la Casa Rosada. Al rato de su llegada Perón salió al balcón.

Hay que reivindicar la figura del coronel Eduardo Ávalos, sucesor de Perón al frente del Ministerio de Guerra, quién se negó a reprimir a los trabajadores/as que avanzaban hacia la plaza a pesar de las exigencias de la oligarquía. Esa actitud patriota y noble permitió que no se convirtiera en un baño de sangre lo que terminó siendo una epopeya. No hay que olvidar que Eduardo Ávalos tenía marcadas diferencias con Perón, lo que lo ennoblece aún más. 

Cuando Perón levantó las manos y dijo “trabajadores”, se dio la definitiva declaración de independencia argentina y se derogó para siempre la esclavitud en el suelo patrio. 

Pablo Targhetta

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