“Mi ‘resentimiento social’ no me viene de ningún odio. Sino del amor: del amor por mi pueblo cuyo dolor ha abierto para siempre las puertas de mi corazón”. Evita[i]

Mucho se habla, con razón, sobre el odio. Discursos de odio, la construcción del odio, la política del odio.

Seguramente hay mucho para analizar al respeto pero el concepto también presenta una dificultad insoluble.

Con muchas derivaciones que nos exceden, nuestro recorte es el siguiente: el odio es un sentimiento y por lo tanto radicalmente intransferible, incomprobable. Al menos a un nivel racional, a nivel de lenguaje.

Nos vemos muy tentados a correr nuestra mirada a cómo los experimentos neonazis (en que Argentina fue y es vanguardia) han sofisticado los mecanismos de manipulación e intervención social pero nos contenemos porque ello es una empresa gigantesca.

Volvemos, el odio es un sentimiento, no es un comportamiento, no es objetivizable. Es emocional. ¿Cómo se comunica una emoción? Los mejores poetas, los grandes relatores podrían intentar acudir a palabras estridentes, a metáforas evocativas. Pero no serían “el odio”. ¿Producen odio? No está garantizado que así sea.

Como bien saben Leuco, Majul, Lanata, y otros varios cuya tarea habrá que analizar en la historia y la Justicia para calificarla, en la comunicación del odio tiene un rol insustituible el gesto y el tono. Es fundamental que la transmisión del odio “entre por los ojos”. La imagen, lo que se ve, excede la palabra, es ideal para comunicar lo incomunicable. Nota al pie: por este motivo el guión de “los bolsos de López” existía antes que existieran los bolsos de López, no hubiera tenido el impacto propagandístico buscado que se dijera, por ejemplo, “se presentó denuncia en Tribunales al funcionario TAL por cohecho”, tenía que producirse una emoción y debía entrar por los ojos. Mi apuesta es que se inspiraron en la serie Breaking Bad.

El mismo régimen de lo visual lo tiene el tono con que las cosas se dicen. Es decir, lo que escuchamos tiene dos registros, 1. Las palabras y sus significados, que tienen un régimen lógico y racional, al igual que la lectura y 2. Los tonos, volumen, silencios, inflexiones, que remiten a lo sensible, a la sensación.

Es este segundo nivel el que aquellos operadores utilizan con solvencia en consonancia con los gestos.

Gestos y tonos agresivos transmiten el odio mejor que las palabras, pero ¿qué efecto producen? Eso es siempre indeterminado. La respuesta epistémica es del tipo “black box” y se manifiesta en los “focus group” de los que Durán Barba es un hábil intérprete. Traduzcamos, no tenemos la menor idea del efecto de nuestra comunicación solo lo sabremos cuando en los focus nos lo digan.

¿Cómo se podría trabajar para bajar el nivel de odio? Pareciera ser ésta la pregunta central del momento en varias esferas.

Mi respuesta, inevitablemente abierta a la polémica, es que no se puede. El problema está mal definido porque la emoción individual no puede ser un problema político, o al menos no en estos términos. Quizá un abordaje desde la perspectiva de la salud mental sería interesante, claro que sería otro muy distinto el recorte.

La emoción, el odio, no es pasible análisis político. Sí lo es, en cambio, la violencia que es lo que objetivamente, como conducta observable, debe penarse y está penada.

Las reivindicaciones de la muerte y la dictadura que realizó el macrismo frente a la Casa Rosada con bolsas mortuorias es una conducta punible. Las agresiones de los operadores en las pantallas de Clarín, La Nación y América son hechos violentos y punibles. El bioterrorismo mediante el sabotaje durante todo 2020 de las políticas sanitarias es punible.

El odio, en esto no tiene nada que ver, el problema es político: ¿podemos hacer que los criminales de Clarín y del macrismo comiencen a cumplir la ley o seguirán impunes?


[i] citado en Menéndez, José Luis; La Estética del Peronismo.

Carlos Almenara docente y periodista. Autor de El faneróscopo de Eliseo.

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