Desde hace varias semanas, estamos asistiendo a una escalada de odio por parte de los sectores conservadores de la política argentina. A las habituales chicanas y acusaciones infundadas, que incluyen delitos inexistentes, amenazas ficcionales y agresiones imaginarias, se sumó la categoría negacionismo extremo. 

Hace años que la Corte Suprema de la Nación dejó saldado este tema: durante la dictadura cívico militar, no hubo una guerra, sino Terrorismo de Estado. Esta acordada de la Corte tiró abajo las “teorías de los dos demonios” y de “responsabilidad compartida por lo sucedido” que esgrimieron las organizaciones filo castrenses como Memoria Completa o Famus que se dedican a defender el accionar de los genocidas.

Estos movimientos negacionistas comenzaron con los familiares de los genocidas reunidos en las iglesias castrenses o en los círculos de oficiales retirados, pero se han extendido a una parte de la sociedad, que es votante de las opciones de la derecha dura. En su afán de captar el voto ultramontano y conservador, los grupos de derecha tradicional (que han copiado el modelo del Partido Republicano de Estados Unidos) salieron a la caza de esos votos y han movido sus posturas hacia el extremo, convirtiendo el pedido de seguridad en mano dura, los valores en militarización y el castigo carcelario en pedidos de pena de muerte. El abrazar estas posturas hizo que, personajes marginales de la política como el neonazi Biondini, se viera opacado en sus “reclamos” por personajes como Patricia Bullrich o Darío Lopérfido. Este último ha llevado a cabo varios intentos de llamar la atención, negando la existencia de 30000 detenidos desaparecidos, para ajustarla a un número incompleto de 6000 ausencias. Ese número mágico de 6000 se convirtió en un mantra para los negacionistas que abrazaron esa bandera (por más que choque con documentos desclasificados de la inteligencia chilena y del Departamento de Estado de EE.UU. que ubicaban en más de 22000 a los desaparecidos para Julio de 1978 y ese número crecía por cientos con el correr de cada día) y comenzaron con el intento de destruir símbolos de las luchas por los derechos humanos (como en la dictadura) por medio de la difamación. Así como en los medios se publicó que el Premio Nóbel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel era chileno, Las Madres de Plaza de Mayo eran locas, esta vez la mira apunta a Estela de Carlotto.

La figura de Estela de Carlotto es respetada mundialmente por su trabajo al frente de Abuelas de Plaza de Mayo y por su búsqueda incansable de los 500 nietos apropiados durante la dictadura cívico militar. La inquebrantable labor de ella y las abuelas, le ha devuelto la identidad a más de 130 argentinos que vivían una mentira desde su propio origen. Abuelas bajo la dirección de Estela, logró que las técnicas de confirmación de ADN y su banco de datos, permitiera el reconocimiento de restos humanos que habían sido enterrados como NN y con la identificación de los cuerpos, se pudieran iniciar las acciones legales que lograrían condenas contra los represores. 

El triste posteo de un funcionario macrista de tercera línea de la Municipalidad de La Plata, que no ha sido removido de su cargo hasta el día de hoy, demuestra que la derecha que se auto percibe “democrática” dista mucho de serlo. Apañar a negacionistas, solo permite que “el huevo de la serpiente” siga incubando hasta que nazca. Así como el odio que llevó a la muerte a una generación entera de argentinos, hoy se está gestando otro caldo de cultivo para que vuelva a suceder lo mismo. 

“Cómplice de delincuentes, criminales y pone bombas. Cara dura, sin vergüenza. No la puedo ni ver. Y si mejor la echamos de la Ciudad de La Plata a esta desvergonzada, cómplice de los delincuentes de este país?? Sería más lógico” fueron las palabras de Mauro Palummo, que quedaron registradas en las redes sociales, pese a que las borrara minutos después.

Más tarde y ante la catarata de críticas recibidas, el Secretario de Proyectos Especiales de la Administración Garro, ensayó una suerte de disculpas que no fueron tales:

“Debido al revuelo que ocasionó una publicación mía, días atrás, en virtud de las declaraciones de la Sra. Carlotto en donde condenaba, arrogándose facultades propias del Poder judicial sobre el ex Presidente Mauricio Macri, utilizando su trabajo en rescate de nietos apropiados por la última dictadura militar como si eso la habilitara para dictar condenas. reaccioné de manera impulsiva e inadecuada. De tal manera posteriormente borré mi publicación por comprender que la emocionalidad en cuestiones tan graves como la libertad de las personas no es el camino correcto”.

Palummo en ningún momento se muestra arrepentido de lo dicho. Borró el primer tweet por pedido de sus allegados y, luego, el segundo por orden de Garro. No pide disculpas por llamarla “inmundicia” o “cómplice de delincuentes” o pedir que la echen de La Plata. 

La mesura de Estela siempre encuentra el centro del problema «Lo que encierran esas palabras es una expresión de odio, de venganza, que quiere que ‘a esta mujer la saquen del planeta». Intentemos razonar lo irrazonable de esta gente:

¿Qué es lo que quieren realmente? ¿Por qué ese odio desmedido? Quieren un país donde el imperativo moral sea determinado por lo que ven en los medios hegemónicos: ese país mediático que opera a la mañana, denuncia al mediodía, enjuicia con la caída del sol y condena en el prime time. 

¿Cómo los llevan a odiar? De la misma de siempre: impregnando de un sentimiento vil hacia el otro, para canalizar en ellos sus frustraciones y evitar preguntarse si no son víctimas de quien los lleva a odiar al otro, al diferente. Llenar veinticuatro horas y las redes de mensajes de odio y violencia. Así se hizo en la Alemania pre nazi. El discurso de odio al extranjero, al diferente, al pensador, al progresista, a las minorías. Todos ellos eran “la causa de los males de Alemania”. Y por ellos fueron. Aquí y ahora, usan el mismo método: van por los movimientos populares, por aquellos que reivindican derechos de las minorías, por aquellos que abrazan las diversidades, van por los que consideran, a los migrantes, parte del tejido social. Los demonizan, los envilecen hasta que ese, otro grupo -con pocas defensas ante los estímulos mediáticos-, cede en sus conceptos o los refuerza con pasión. Y así surgen los mensajes de odio en las redes, en las cartas de lectores. En los medios. Y nadie detiene la violencia. Sencillamente porque no quieren. Cualquier editor, community manager o productor radial o televisivo, tiene el poder de apagar la máquina del odio. El problema es querer.

El proyecto que pena el Negacionismo, banalizar el Terrorismo de Estado o glorificar a los integrantes de las dictaduras (con el ejemplo de las legislaciones europeas respecto a la Shoá), es un primer paso, para terminar de curar las heridas del pasado. Pedir que las redes sociales no permitan mensajes de odio, que no alberguen nombres o avatares con la iconografía de la dictadura, también es otra medida que debe ser rápidamente implementada. Continuar con los juicios que castiguen los delitos de lesa humanidad cometidos durante la noche de los setenta, al igual que la educación sobre los principios rectores de memoria, verdad y justicia, son los que nos salvarán de volver a repetir un genocidio.

Rodrigo Mas
Editor de Argentina Informada

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