“Abuela, ¿Conocés el mar?” Camila le hizo la pregunta a la abuela Lidia, mientras jugaba en el piso con su hermanita menor, sobre una colcha llena de chiches. Y continuó “Siempre quise conocer el mar, Abu. Mi mamá me dijo que nos va a llevar algún día. Dicen que es hermoso. Me gustan esas películas donde la gente camina por la orilla del agua, donde la arena es finita, la espuma blanca y se ve a los chicos juntando caracolitos y haciendo castillos de arena. ¿Vos fuiste alguna vez al mar, Abuela? Mi mamá me contó que sí”.

La abuela Lidia se quedó mirando a Camila y sonrió. Se ajustó los anteojos sobre el puente de la nariz como si estuviera por dar un discurso ante un auditorio y empezó a hablar con el tono suavecito de las abuelas, ese que usan para convencerte de que te comas una porción más, o que te abrigues al salir, “Sí Cami, conocí el mar. Fue hace muchos años”. Los ojos se le iluminaron a la abuela y la nieta avanzó “¡Contame más por favor!”

y la abuela Lidia comenzó: “Era el año 1997. Las cosas para muchos no estaban bien. Yo trabajaba en la municipalidad y tu mamá iba a la primaria. Nunca había viajado a ningún lado. Estaba en sexto grado y se venía el viaje de egresados pero no sabíamos como lo íbamos a costear. Sabíamos que íbamos a tener que trabajar vendiendo rifas, comida, para juntar la plata. Así se hacía y en muchos lugares (y aún se hace), pero un pueblo chico no puede -a veces- comprar todas las veces, todos los números, ni comer todos los fines de semana empanadas o pastafrolas para que los chicos viajen. Tampoco nos era fácil conseguir que algunos artistas vinieran a cantar en una peña y juntar así la plata. 

Algunas familias del pueblo, en ese momento, sí podían costearse viajes a otros lugares y así esos niños podían conocer mar y montaña, pero la realidad efectiva era que, la mayoría, no podía hacerlo. Muchas veces, en familias numerosas, se elegía entre comprar un par de zapatillas para la escuela o comer. Algunas cosas cambiaron después. No muchas.Pero ese año tuvimos suerte y conseguimos un viaje que nos donaron por intermedio del gobierno. Era un viaje a Chapadmalal, que queda cerca de Mar Del Plata. 

Los compañeros de tu mamá -y ella- estaban muy entusiasmados, ¡Imaginate! Un viaje largo y el destino era el ansiado mar. 

Preparamos todo para tu mamá y algunos padres quisieron que yo fuera una de las elegidas para acompañarlos. Y me puse muy nerviosa, no por los chicos, porque estaba acostumbrada a recibirlos en casa. No por cuidarlos, porque me salía como algo natural. Me puse nerviosa porque iba a conocer el mar, YO LO IBA A CONOCER, no solo ellos. 

Tenía 45 años en ese momento. Me había criado en el campo. Mi mamá y mis hermanos vivíamos en un ranchito de adobe en el medio del monte. ¡Te contaría tantas cosas, hija! ¡Tantas cosas vividas en esa infancia! Muchas veces, yo también quería tener un vestido, unos zapatos de charol como los que veía en las revistas y no se podía. No reprochaba, pero me prometía que cuando tuviera mis propios hijos iba a pelear mucho para que nada les faltara. 

Con tu mamá tuve suerte, porque nada le faltó. Tampoco nos sobraba. Pero ahora era como que sentía que, ese viaje, no era solo para ella. Era también MI VIAJE. El que nunca pude hacer porque apenas si había podido terminar la primaria en la escuela del campo. 

Sentía que alguien se había acordado de nosotros. Alguien pensó que valía la pena que nosotros saliéramos del medio del monte a conocer una ciudad, un hotel, el mar. 

Cuando estuvimos en la ruta, creo que no me pellizcaba para saber si era real, sólo porque siempre tuve el temor de que fueran solo sueños cuando me pasaba algo lindo. Y no era un sueño”. 

La abuela Lidia se calló de golpe. Los ojos se le pusieron vidriosos y continuó, con la voz temblorosa “Llegamos a Mar del Plata. Las calles eran anchas, hermosas, llenas de autos. Muchos edificios y carteles llenos de colores. Se veía a la gente caminando, mirando vidrieras, riéndose y tomando café en confiterías elegantes con mesas en las veredas. El sol estaba alto en ese momento y de golpe bajamos por una calle empinada y quedamos de frente al mar. Yo quisiera explicarte lo que significó, pero no podría hacerlo porque no me alcanzarían las palabras. Tu mamá hablaba del mar años después de ese viaje y lo hacía con simpleza. A mí no me resultó nunca fácil hablar pero sí escribir, y sin embargo jamás pude escribir sobre lo que viví esos días. No hallé nunca el adjetivo adecuado. Ver esa inmensidad me hizo consciente de mi propia pequeñez. No veía el final del agua, era increíble. Una masa azulada que se extendía y no se le veía el fin. Era increíble observar desde donde estábamos los tonos en el agua, que no se advierten si te acercás mucho. Creo que estuvimos todos apiñados enfrente del vidrio del colectivo por algo que pareció durar una eternidad, pero habrá sido solo cinco minutos.  

Y acercarnos al agua, qué deleite, los pies llenos de arena finita y el agua tocándonos los dedos. Recuerdo que nos había agarrado un ataque de risa, yo iba de la mano de tu mamá y no podía dejar de reírme. La gente que estaba ahí, me habrá creído loca y yo estaba así, loca de felicidad. Fue hermoso. Ojalá lo experimentes algún día. La belleza debe ser para todos. Esa belleza, las risas, la emoción, no deben quedar solo para algunos, todos tienen derecho a disfrutarlo. Recordá eso siempre”. 

La abuela seguía sonriendo. Y ahí Camila se despertó. 

Malena Monguillot

El mar para mí sos vos, mamá. No importó nada que yo lo conociera, importó que vos lo hicieras. No tuve tiempo de decírtelo, pero si fui feliz en ese momento, fue por vos y tus risas esos días. 

El mar sos vos, mamá.

Malena

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