Carlos Cialceta se encontraba prófugo desde el 12 de abril de este año. Su procesamiento por secuestro, torturas y homicidio mientras era integrante del Regimiento 28 de Infantería de Monte en Tartagal en 1976, determinó que el genocida huyera y permaneciera prófugo hasta que una denuncia anónima activara la inteligencia para que mediante tareas de campo y escuchas telefónicas autorizadas por el juzgado permitiera el allanamiento y posterior detención, por parte de la Gendarmería, del represor que se había ocultado en la baulera de un placard en una vivienda en Salta.

Cialceta estaba siendo buscado por la desaparición de René Santillán, trabajador de YPF, quien fuera secuestrado en la madrugada del 10 de agosto de 1976, de su casa en el pueblo de General Mosconi, a 10 kilómetros de Tartagal. Cinco hombres encapuchados irrumpieron en la vivienda familiar. El cuerpo del militante peronista fue encontrado, horas después, en el camino al paraje Acambuco, a 20 kilómetros de General Mosconi, con signos de haber sido sometido a una explosión, idéntico método que, días atrás, se había utilizado con “Menena” Montilla y el médico Pedro Urueña, también militantes peronistas.

Cialceta integraba la plana mayor del Regimiento de Infantería de Monte 28 de Tartagal y revistaba con el grado de subteniente y fungía como Oficial de Personal y Ayudante del Jefe de Regimiento en la Compañía de Comando. Su jefe directo, el ex General, Héctor Ríos Ereñú, fue condenado como autor mediato del secuestro y posterior homicidio de Santillán. 

La nota de color la dio la forma de hallar al genocida, quien cobardemente, se había ocultado en la baulera de un placard, reeditando la forma en la que la dictadora boliviana Jeanine Añez fuera encontrada al momento de su captura por las muertes durante el Golpe de Estado perpetrado contra el Presidente, Evo Morales Ayma. Añez había utilizado el interior de un sommier de una cama para ocultarse, Cialcetta, mostrando una aptitud física envidiable para su edad, lo hizo trepando los dos metros y medio que lo separaban del suelo para esconderse de las fuerzas de la ley en lo más alto junto a ropa de cama y valijas.

La información provista en forma anónima a la línea 134, permitió ubicar al represor. Los organismos de Derechos Humanos resaltaron la utilidad para dar con los genocidas que están aún prófugos y poder llevarlos ante la justicia.

Walter Darío Valdéz Lettieri

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