Ayer, mi hermano Manuel, recomendó el hilo de Twitter de Adrián. Fue imposible no valorar ese relato -en primera persona- de un migrante que eligió a la Argentina como su lugar en el mundo y su mirada sobre las habas que se cuecen en todos los países y destacar lo que aquí tenemos. Lo recomendé en la red como lectura necesaria. Esta mañana, mi jefe, me recomendó el mismo hilo. La sorpresa fue recibir, al rato, el permiso de Adrián para publicarlo en Argentina Informada. Tengo el inmenso agrado de ofrecerles una brillante crónica de la migración en el Siglo XXI. 

Rodrigo Mas, Editor de Argentina Informada

Hoy festejo ocho años de haber elegido vivir en Argentina y 5 años de residencia permanente. Todavía, mi acento francés me traiciona y casi no falta nunca la pregunta al conocer nuevas personas: ¿Pero, por qué viniste a Argentina? Onda, explícame esta locura. Esta nota es para vos: 

Descubrí Argentina por un intercambio universitario a los 21 años. Mi escuela de ingeniería tenía acuerdos en el mundo entero pero quería aprender otro idioma latino e irme lo más lejos posible, por eso pensé en Sudamérica. Lo único que conocía de la región era Maradona. Así de simple. 

Fue amor a primera vista. Reconozco que ayudaron las facilidades materiales que me dio Francia ( crédito a 10 años sin intereses para pagarme el avión y becas sociales desmultiplicadas por Tarjeta de Crédito -euro/peso-). Por primera vez, me alcanzaba para pagar más que paquetes de fideos. Un año de “Dolce Vita”.

Volver a Francia fue horrible, aparte de la precariedad estudiantil, era flagrante el contraste, todo parecía apagado y monótono. Por “laburo” me tuve que mudar a París. Embole, sensación de vivir en una ciudad dormitorio, en un  “museo a cielo abierto” gris. Extrañaba viajar en “¡bondi oldenait!” 

Cuando trato de explicar el malestar francés, por lo general, se me contesta con temas identitarios como inmigración supuestamente problemática (africana), culturales (los musulmanes) o «¡lo leí en Houellebecq!” 

La explicación decadente es de larga tradición en Francia, Houellebecq está bien, pero hay mucho más grande en este registro mordaz y polémico: ¡Lean a Céline! En mi humilde opinión, la cosa pasa por otro lado: la tesis mucho más profunda del doble movimiento mercado-sociedad de Polanyi: 

hace 40 años que el mercado está erosionando continuamente el modelo social francés, proceso cementado por la «convertibilidad europea»: el euro. Bienvenido para viajar por el mundo, pero la realidad es que, sus efectos destructivos internos, son ineludibles. ¡Hasta el FMI se preocupa!

Una sugerencia para tener una visión de cientista social sobre lo que está pasando en Francia, es Emmanuel Todd: desde su predicción de colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), analizando datos de mortalidad infantil desde 1976 hasta Macron apenas electo, que será la deriva autoritaria, viene acertando.

Ya en los años 90, había conceptualizado la «fractura social» recuperado magistralmente por Chirac en la campaña de 1995. Recuerdo a mi abuela, viviendo en un Habitation à Loyer Modéré o HLM (departamento con renta controlada) con pensión miserable de viuda (no se le reconoció un vida trabajada de mucama) militándome «Chi-chi», pero ¡Ya era más terco que la “abu corsa”!

Hoy, Todd, muestra que la sociedad francesa entera no solamente está congelada, sin movilidad social, sino que -también- en una caída lenta pero constante. Como un bloque monolítico, sumergiéndose inexorablemente. Una caída casi «democrática» que se refleja hasta en el nivel educativo.

Algunos asocian -naturalmente- liberalismo con democracia. Para mi generación, quedó claro que triunfó el liberalismo autoritario. En mi adolescencia eran los «controles» de policía, con la  Doctrina Macron, Francia hace escuela al arrancar los ojos de la protesta social. Al menos ya no discrimina sectorialmente, reprime por igual a todos los que protesten. También es deprimente. En el agro, muchos sobreviven bajo línea de pobreza (arrasan los suicidios), la industria se fue y en servicios, la oferta de empleos, no coincide con expectativas. La retirada de los servicios públicos agudiza la desintegración territorial.

Con la pandemia se degradó aún más la situación de los estudiantes . El gobierno, en lugar de revertir una política de desgaste de años hacia la juventud, se limita a prometer nuevos préstamos a una generación que ya se sabe entregada al desempleo. Ya sé: ¿Y Argentina? ¿No está peor? «¿Viste la pobreza, la corrupción, la inseguridad? Es inviable». No estoy para nada con el disparate que Francia estaría en peor condición, solamente digo que, allá, también puede ser jodido. El “cuarto mundo y su gente”, que se turnan para dormir en 8 metros cuadrados, existe. Igual, nunca resisto, el contar esa anécdota de un ministro encargado de luchar contra evasión fiscal que renunció al cargo al conocerse (tras meses de negarlo) más 15 millones de euros -producto de coimas- en sus cuentas offshore. O cuando el Primer Ministro vino a declarar en Marsella haber ganado la batalla contra la inseguridad, justo cuando se desata un enfrentamiento en las calles entre narcos armados ( con Kalachnikovs) obligando a su “evacuación express” y a confinar a la población.

Anécdota personal: cuando llevé a mi mujer a visitar el pueblo de mis padres, se asombró que las calles no estaban alumbradas de noche. «El municipio está quebrado», contestó lacónicamente mi padre. 

Con esa certeza de que las cosas -ahí- solamente empeorarán, muchos jóvenes se van. A dónde sea. Esa vida nómada, la tuve por “laburo” y me la pasé haciendo puestas en servicio en plantas nucleares de Francia, luego en Cuba, Marruecos y ¡Argentina! Reencuentro con amor, aquel año: país y pareja.

“No creemos en una relación a distancia, así que hay que tomar una decisión: Me quedo acá”. 

Por suerte, en ese momento, se buscaban ingenieros. Así que encuentro rápidamente trabajo. Aprovecho para señalar que, el nivel de mis colegas que habían «caído» en la educación pública, no tenía nada para envidiar a los de la Unión Europea.

Algo raro me pasó: saqué el DNI (la precaria) inscribiéndome como estudiante al cbc virtual pero migraciones me convocó. Si no metía al menos la mitad de las materias, no me iban a renovar nunca la residencia temporal. “Le meto” y se me mete el virus de Ciencia Política en la UBA. Durante tres años, llevo los certificados analíticos a migraciones para conseguir la residencia permanente. Tengo miles de anécdotas sobre su burocracia kafkiana, pero al lado del trato a los inmigrantes en Europa, no me puedo quejar. Es más, debería agradecer a Migraciones de Argentina por haberme convertido en politólogo. A la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, desde ya: en Francia no hay posibilidad de cursar lo mismo, con un laburo full-time. Eso es parte del congelamiento. 

Pasa el tiempo y no me arrepiento un segundo. Obvio, la evaluación es subjetiva y no es una experiencia generalizable, pero estoy convencido que mi calidad de vida sería menor de haberme quedado en Francia. Anécdota: cuando “pasaron cosas”, muchos de la comunidad francesa empezaron a irse, pero muy pocos volvieron a Francia. Los que tenían pareja extranjera, optaron por el país de la misma. Se fueron a Chile, Brasil, México, ¡Ecuador! No hay remate: todos extrañan Argentina.

Hay un dicho en Francia: «el pasto del vecino siempre parece más verde». Conclusión: no hay países de mierda. Recomiendo sacarse las ganas de joven, para luego no quedarse con arrepentimientos. Pero -ojo- con los espejitos de colores.

Adrian Sargento
@ser_adrien

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