Creían tenerlo domesticado, obediente, sumiso, funcional a sus intereses de corporación multinacional.

Creían que otra vez su rol sería el de un animal de circo, de esos que saltan cuando les dicen que salten, que aplauden cuando tienen que aplaudir, que hacen monerías muy festejadas pero que al cabo nunca se llevan el último aplauso. Ese destinado a los campeones, a los grandes ganadores, a los que manejan el negocio, a los dueños del circo.

Creían que no habría en él rebeldía, o que si la mostrara lo haría sólo en cuentagotas y, al final, esa rebeldía quedaría otra vez aplacada y derrotada por alguna marca pegajosa, por un director técnico más inteligente que el suyo, por algún veinteañero hambriento de goles y millones, por un árbitro ansioso de dar un penal para sus rivales, por la omnipotencia y la VARiedad de recursos del poder real.

Creían porque en su fútbol no hay ya lugar para sorpresas ni para los pobres. No, hoy es todo para los poderosos. Para los que desde Europa digitan y ganan todo. Para los que dan un rol importante a un sudamericano sólo si está de su mismo lado del mostrador: del lado de los negocios oscuros. De sus negocios oscuros.

A eso se enfrentó Lionel Messi. A una burguesía dispuesta a usarlo y exprimirle hasta la última gota para legitimar su Mundial esclavista y sangriento, pero jamás a cederle ese trono que debía seguir siendo para uno de los suyos. A un plan de negocios casi perfecto, capaz de disfrazar bajo la máscara de lo políticamente correcto, lo prolijo y lo eficaz acciones y decisiones tendientes a que la gloria volviera a ser para los privilegiados de siempre.

Serio, maduro, decidido a no ser mascota de esos intereses ajenos a los de su patria pero a la vez más feliz, atrevido y cercano a su pueblo que nunca, Messi, como un tal Diego décadas atrás, salió a jugar su juego dispuesto a cortar con tanto dominio burgués, de dirigencias apoltronadas, cómodas en su gestión de la riqueza y la pobreza, ávidas de corromper y señalar maliciosamente a cualquiera que no entre dentro de sus códigos de etiqueta.

Descartada la complicidad del Diez, creían y confiaban en sus funcionarios serviles de los medios y el arbitraje para frenarlo, para minarle la confianza, para torcer su destino de grandeza. De esa grandeza a la que ellos, pobres que no tienen más que dinero, jamás llegaron ni llegarán.

Pero no, esta vez no podrían. Porque del lado de enfrente estaría no sólo él en versión combativa y conquistadora, sino otros hijos del pueblo dispuestos a tomar lo que por mandato histórico es suyo. Y contra esa unión, contra la unión de un pueblo, ningún burgués ni ningún personero de esa burguesía puede terminar triunfando por mejor plan que tenga.

Alguna vez, el diputado peronista John William Cooke definió al peronismo como “el hecho maldito de la política argentina”. La frase fue reconvertida por el historiador Horacio González en “el hecho maldito del país burgués”. Del mismo modo, podría decirse que hoy Messi, en esta versión desafiante del poder real, representa el hecho maldito del fútbol burgués.

Creían poder domesticarlo. Vayan pa’llá, bobos.

(*): Periodista, profesor de historia del fútbol y creador de Entre Tiempos (entretiempos.com.ar)

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