-Andate a tu casa, 

– Yo te entiendo

-No me entendés un carajo. Querés boliche ándate a un boliche, no a una casa. 

-Qué vas a hacer? 

-Ya te hago una denuncia

-Qué es lo que estás haciendo?

-Terminando tu fiestita, pelotudo. Hace seis sábados que venís bardeando y no nos dejás dormir.

(diálogo entre el organizador de una fiesta clandestina y la vecina que denunció ante el 147 la violación de las medidas de aislamiento social preventivo obligatorio)

Las imágenes capturadas por una vecina de Lomas de Zamora, Provincia de Buenos Aires, muestran un desfile de adolescentes, que salen de una casa -cuyo cartel de en venta- hace suponer vacía. Es imposible abstraerse de la reminiscencia al grupo de varios payasos que, en medio de la pista del circo, salen de un Fiat 600. Pero esto, lejos de ser gracioso, es la postal que cada noche de viernes o sábado nos devuelven las cónicas policiales: el incremento de las fiestas ilegales en todo el territorio nacional. 

Fiestas en cementerios, en fábricas de ataúdes, en mueblerías y en cualquier local que permita recibir más de cincuenta personas, es la constante. No sorprende que la reacción juvenil, ante siete meses de aislamiento y una campaña anticuarentena desde los medios, haya generado estas muestras de desobediencia civil. La teoría del “no pasa nada, yo voy con los pibes que se cuidan”, es casi el rosario oficial que se escucha -en toda las casas-, llegado el comienzo del fin de semana. Madres cansadas de pedir que no vayan que pueden contagiar a los padres y abuelos, se antepone al “pero yo voy a trabajar y también me puedo contagiar ahí”. El mensaje aperturista emitido por las autoridades de los gobiernos de CABA, Mendoza, San Isidro, Tres de Febrero, choca con los esfuerzos de los gobiernos nacionales, provinciales y municipales que ven caer en oídos sordos, toda la labor preventiva realizada.

Mendoza, provincia que ha reportado casos en alarmante ascenso, generó un discurso aperturista y rupturista de las medidas sanitarias propuestas por el gobierno nacional. Es, tal vez, la mejor demostración de como se puede volver en contra ese mensaje: La pasada Semana en Piedimonte, se desbarató una fiesta ilegal con 400 participantes. La provincia registra el triste récord de más de 100 fiestas clandestinas y 300 actas de comprobación de infracción al ASPO, en lo que va de la pandemia. Muchas de ellas, con la asistencia de los hijos de funcionarios y legisladores oficialistas. 

Pero no solo Mendoza es una muestra de lo que no hay que hacer. Provincias que vienen siguiendo las reglas impuestas por el Ministerio de Salud, encuentran muy difícil evitar que se imiten las conductas de las provincias vecinas: tal es el cao de La Pampa: Un festejo en Castex, tuvo la concurrencia de 18 asistentes, en su mayoría menores de edad. Otra reunión en Victorica, reveló la presencia de 24 celebrantes en plena pandemia.  

Las imágenes se repiten, pero también las que muestran los bares de Palermo en la Ciudad de Buenos Aires o en el Bajo de San Isidro en la Provincia de Buenos Aires. Si ley pareja no es rigurosa, el permiso de nocturnidad de bares, no ayuda a mejorar las perspectivas que las fiestas clandestinas decaigan. La permisividad de padres es directa a los estímulos que se ven a diario en los medios: periodistas que se fotografían en cafés, incluso, jefes de gobierno que se muestran en situaciones invitantes a lo mismo, se suceden en las páginas de los matutinos nacionales, son mala ayuda a la prevención. La invitación a actividades sociales, sea café, cerveza o una fiesta no ayudará a detener la curva de contagios por COVID-19. 

Una política de austeridad y condena expresa por parte de las autoridades de los distritos opositores, es lo único que colocará en sintonía los esfuerzos. 

Entender que para que haya un 2021 en las legislativas, aún tiene que terminar un 2020 que trajo demasiado dolor para los argentinos. Y serán esos argentinos los que recuerden quién trabajó por la prevención de los efectos de la pandemia y quien ayudó a que se propague. 

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