Con todo respeto, Señor Marcelo Torrez, (porque a pesar de sus dichos canallas, mis maestras y docentes me enseñaron a dirigirme con educación) no voy a discutir si usted está “panza arriba”, si trabaja o no trabaja. No es de mi incumbencia y desconozco sus condiciones (y contexto) para juzgarlo con tamaña apreciación. Me voy a limitar a contarle -un poco- la vida de miles de docentes desde que comenzó la pandemia (ese tiempo eterno del  cual no somos responsables), aunque usted piense que preferimos ese aislamiento, que la mayoría detestamos -profundamente- porque nos aleja del vínculo que se construye cara a cara, cuerpo a cuerpo, tan necesario para una aprendizaje efectivo y significativo. Pero la realidad nos obligó (y obliga) a adaptarnos activamente a una forma de enseñanza/aprendizaje diferente. 

Aunque usted se empecine en desacreditarnos (no sé con cuál ruin pretexto), le aseguro -sin posibilidad de equivocarme- que, de una u otra forma, le pusimos “el alma” y sin ningún recurso del Estado Provincial. Le recuerdo que, con el gobierno del presidente Macri, se puso fin al Programa “Conectar Igualdad” y creció, precisamente, su contrario: la desigualdad. Se hicieron patente las injusticias sociales (que promovieron con un discurso meritócrata, funcionarios como Cornejo y compañía). 

Los docentes estamos acostumbrados a poner la educación en marcha, a pesar de los avatares y de las escasas políticas educativas, aquellas que añoramos para una Argentina más justa y social.  Tuvimos que “reconvertirnos” (esa frase que, ciertos periodistas, economistas y políticos gozan en usar indiscriminadamente), aprovechando la crisis como posibilidad de cambio, de transformación. Elaborando rápidamente los duelos por lo que no fue, por lo que se perdió. Porque no había tiempo para la desesperanza, para una frustración prolongada.  Así pensamos colectivamente nuevas formas de enseñar a aprender y, le digo con total sinceridad, Señor Marcelo Torres, no fue fácil: transformamos cada cocina en un aula por zoom; reuniones eternas, intentando encontrar las estrategias más favorables para nuestros estudiantes; charlas por celular con las familias de nuestros pibes. Pero no voy a perder tiempo enumerando (lo que la sociedad mendocina sabe acerca de) lo que pusimos los y las docentes. Para muestra vale un botón y no queremos aplausos, ni elogios, ni reconocimientos efímeros que sólo alimenten nuestro yo importante. Con errores y aciertos, allí estuvimos, de pie, a pesar de las múltiples dificultades. 

Del salario y condiciones de trabajo, no me voy a expresar porque, esa discusión, se da en la calle con la lucha colectiva. Igual usted sabe cómo es nuestra situación económica y laboral. Usted, prefiere quedarse en un discurso estereotipado, que fragmenta y divide, que lo acerca al polo de la enfermedad: porque naturaliza, es prejuicioso y su sistema de representaciones está ligado a la clase dominante, aunque no pertenezca a ella. Enrique Pichon-Rivière enseñó que “en tiempos de incertidumbre y desesperanza, es imprescindibles gestar proyectos colectivos desde donde planificar la esperanza junto a otros”. Eso hacemos cotidianamente. Aunque usted desprestigie, denigre y difame nuestro trabajo.

María Claudia Tristán Psicóloga Social y Docente

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