Pese a ser enero, las escuelas nunca se cerraron y las clases se siguen dando en forma virtual, el dirigente conservador, Mauricio Macri, publicó un comunicado que urge la apertura de las escuelas pese al receso estival.

La exigencia vía comunicado del ex presidente (desde su lugar de constante reposo) despertó sorpresas por lo extemporáneo del insólito reclamo. En lo que pareciera un llamado de guerra el “Quiero llamarlos a la acción” del poco activo político, desató las risas y burlas en las redes sociales. 

La semana pasada el Ministerio de Educación delegó la potestad de decidir a cada distrito como manejar la presencialidad, dependiendo de un semáforo epidemiológico. Sin embargo, Macri parece no haberse enterado de esta disposición y utilizó la herramienta más común de su coalición: la queja por la queja misma. La frase «todo está permitido salvo el ingreso de nuestros chicos a las aulas» es una clara muestra que Macri, no solo está ausente de la coyuntura educativa, sino que, nuevamente, le han escrito el discurso. Una de las frases que más llamó la atención (por la imposibilidad de encontrar un solo discurso pronunciado por Macri, donde hilvanara este tipo de argumentación) fue «las definiciones sobre la apertura de las escuelas aún siguen sin resolverse». Pero acaso, la clave que no es un pensamiento de Macri y tal vez de alguien con una capacidad de pensamiento abstracto comprobado fue el potente «Vamos a perder el potencial de una generación de jóvenes si las aulas siguen vacías», justamente la persona que prometió 3000 jardines y solo construyó tres en su presidencia, la que bajó el presupuesto educativo del 7% al 4% y cuya responsabilidad de generar lugares para el conocimiento, no mostró una sola obra al respecto. Para culminar, atacó al gobierno bonaerense con la frase «tiene la enorme responsabilidad de educar a 5 millones de chicos», olvidándose que, durante la gobernación del PRO en el distrito, las escuelas llegaron al punto de explotar por la falta de infraestructura y costaron la vida del personal de la escuela. También fue la misma administración, en la boca de su dirigente favorita que dijo que “ya sabemos que ningún pobre llega a la universidad”.

Las palabras de quien fuera derrotado en primera vuelta hace 15 meses y se convirtiera en el  primer presidente en perder la reelección, parecen las de un tipo perdido en su laberinto, intentando recuperar una fama que jamás le perteneció pero de la que cree ser depositario. Un discurso realizado por escribas que no lo aprecian (ya sabemos que jamás podrá pronunciar de corrido nada de lo que el comunicado describe). 

Reconocer que fue afortunado y que el odio y el oportunismo lo llevó al lugar que alcanzó deberían ser suficiente premio para seguir intentando una relevancia que jamás tuvo y que jamás volverá a pasarle de cerca.

Editorial

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